Capítulo I
¿Qué es Teosofía?
La Teosofía no es una religión en sí misma, sino la verdad que subyace por igual en todas las religiones, la oculta raíz de la cual han brotado todas las diferentes religiones. Es lo mismo que la Gnosis de los cristianos, la Brahma Vidya de los hindúes y el sufismo de los mahometanos. Teosofía se deriva de dos palabras griegas; Theos, Dios o un Dios y Sophia, sabiduría, y significa Sabiduría Divina, sin cuya ayuda es imposible para el hombre conocer algo acerca de los profundos problemas de la vida.
Principios fundamentales
Dos son los principios fundamentales de la Teosofía. El primero es la inmanencia de Dios. La Deidad se halla en todas partes y en toda cosa. La Vida Divina es el espíritu de todo cuanto existe, desde un átomo hasta un arcángel. Todo pensamiento, toda conciencia, son Suyos porque El es el Uno, el Único, la Vida Eterna. Así, la esencia de la Teosofía es el hecho de que el hombre, siendo copartícipe de Su vida, puede conocer la Divinidad, y es, él mismo, divino e inmortal, mejor dicho, eterno, pues la inmortalidad es solamente inmensidad de tiempo y lo que es el tiempo comienza, en el tiempo debe terminar, en tanto que el hombre es eterno como Dios mismo es eterno y la muerte es tan solo es desechar una vestidura para poder revestirse de otra.
Pero, si existe una Vida, una Conciencia, en todas las formas, con Dios inmanente en todas, entonces, como inevitable corolario a esta suprema verdad, deriva el hecho de la solidaridad de todo lo que tiene vida, de todo lo que existe, una Fraternidad Universal. La inmanencia de Dios, la solidaridad del hombre, he aquí las verdades básicas de la Teosofía.
Las enseñanzas teosóficas
Las enseñanzas teosóficas pueden bosquejarse como sigue:
1. Hay una Eterna e infinita Realidad, una Existencia real, incognoscible.
2. De ‘Aquello’, procede el Dios manifestado y cognoscible, revelándose de unidad en dualidad y de dualidad en trinidad.
3. Todo el universo, con todas las cosas comprendidas dentro de él, es una manifestación de la Vida de Dios.
4. Hay muchas poderosas inteligencias denominadas Arcángeles, Ángeles. Devas, que han procedido del Dios manifestado y que son Sus agentes para llevar a cabo Su pensamiento y voluntad.
5. El hombre, como su Padre Celestial, es divino en esencia, su Ser íntimo es eterno.
6. Se desarrolla y evoluciona mediante repetidas encarnaciones a las cuales es impelido por el deseo bajo la ley del Karma, en los tres mundos, físico, astral y mental, y de las cuales se libera por el conocimiento y el sacrificio, llegando a ser divino en potencia como siempre lo había sido en latencia.
7. Hay Maestros de Sabiduría, Hombres Perfectos, seres que han completado su evolución humana que han alcanzado la perfección del reino humano y que ya nada atienen que aprender en lo que se refiere a la etapa humana.
La Teosofía enseña, si se sabe aprender, que el ser humano tiene dentro de sí todo lo necesario para poder progresar sin necesidad más que de algunas pocas ayudas externas que, de alguna forma, faciliten el camino, es decir, propicia la formación del carácter para que el ser humano sea siempre dueño de sí mismo y no tenga que estar pendiente de sugerencias o mandatos de algún ser pseudo divino o pseudo sabio, porque en el fondo de sí, el estudiante de Teosofía termina por comprender que su propio e íntimo maestro se encuentra en su corazón.
Utilidad de la Teosofía
La utilidad de la Teosofía radica en el verdadero concepto del plan de Dios, en la comprensión del objeto de la vida; en una segura confianza en la Justicia Divina; en el consuelo mental y emocional: en la absoluta liberación del desamparo y de la desesperanza: en la completa ausencia del temor y la pena, así como en la oportunidad de inteligente y voluntariosa cooperación con el Plan Divino, y la posibilidad de un rápido logro de la finalidad de la vida humana. Pero la mejor prueba de su utilidad es que ha sido aceptada por personas sensitivas e inteligentes que muestran el consiguiente mejoramiento de conducta en su vida diaria, y en que gradualmente va impregnando la literatura universal. Desde que se fundó la Sociedad Teosófica, comenzó su expansión mediante sus numerosas Ramas en diferentes partes del mundo y aun lo sigue haciendo. Ningún otro sistema de pensamiento ha hecho un progreso tan rápido en todo el mundo, entre gentes de diferentes religiones durante el periodo de tiempo entre su fundación y algo menos de cincuenta años después. En la actualidad (2003) la Sociedad está establecida en los cinco continentes en cuarenta y nueve países.
La Teosofía es útil, porque debidamente entendida y practicada le muestra al ser humano el camino a seguir, y explica de forma lógica y racional por qué vivimos, hacia donde vamos y las razones de todo cuanto existe en el mundo. Es útil, porque ha sido el faro que ha ayudado a todas las generaciones que nos han precedido a llegar a buen puerto, y ello, desde que la humanidad existe. Es útil, en suma, porque ofrece explicaciones fáciles de comprender relativas a todos los problemas de los seres humanos y porque ofrece consuelo y calma nuestros pesares.
La Teosofía en sus enseñanzas y ética, aunque no en su nombre, es tan antigua como el ser humano pero se sabe que la palabra Teosofía data del siglo tercero de nuestra era cuando el sistema Teosófico Ecléctico, que más tarde floreció en el Neo-Platonismo, fue establecido por Ammonio Saccas y sus discípulos en Alejandría aunque Diogenes Laercio, atribuye ese nombre a un sacerdote egipcio de los primeros tiempos de la dinastía Ptoloméica.
La Sociedad Teosófica
 La Sociedad Teosófica, como tal, fue fundada por la Sra. Helena P. Blavatsky y el Coronel Henry S. Olcott en Nueva York el 17 de Noviembre de 1875 junto con otras personas, pero los creadores internos de la Sociedad fueron algunos de los Grandes Seres que componen la Gran Logia Blanca o Jerarquía Blanca, para ofrecer al mundo las enseñanzas de la Teosofía bajo su propio nombre de Teosofía, en lugar de hacerlo de forma más o menos parcial, como había sucedido en el pasado, por medio de diversas religiones, filosofías o escuelas de pensamiento. Desde su fundación, la Sociedad Teosófica se ha extendido por todo el mundo, presentando a la humanidad la posibilidad de conocer la razón de nuestra existencia en la Tierra, de dónde venimos y adonde vamos, dando a la humanidad la ocasión de saber que todos tenemos dentro de nosotros todo aquello que necesitamos para nuestro progreso espiritual, y poder emprender el estudio de las leyes de la naturaleza que rigen nuestro universo, siempre que deseemos realizarlo de forma libre y voluntaria y sin dogmatismos.
Capítulo II
Dios y el Sistema Solar
Dios y la Teosofía.
Si aludimos a un Dios extra-cósmico y antropomórfico, o si pensamos que la relación entre Dios y el universo o nuestro mundo es como aquella que existe entre el alfarero y el vaso, la Teosofía niega absolutamente tal Dios, por varias razones. En primer lugar, se le llama por sus devotos Infinito y Absoluto; ahora bien, la forma implica limitación, un principio y un fin; y si Dios es infinito, ilimitado y absoluto, ¿cómo podemos pensar de Él como limitado a una forma? En segundo lugar, si es ilimitado, debe estar en todas partes, y si está en todas partes no puede crear un universo externo, pues ¿dónde está el espacio para la creación? En tercer lugar, pensar y planear son antecedentes necesarios para una creación; y ¿cómo puede el Absoluto pensar, cuando ello implica relación con algo acerca de lo cual se piensa, algo limitado y finito? Además, un creador debe hacer algún movimiento en el espacio para crear un universo, lo cual parece imposible para el Infinito que está ya en todas partes. Por último, si Dios se halla separado de Su universo, esto es, si Dios es una cosa y el universo otra cosa aparte, como el alfarero y el jarrón, ¿de dónde trajo Dios el material para la creación, si se cree que en el principio nada había, excepto Dios? Por tanto, no podemos creer en tal Dios que en resumidas cuentas sería extra-cósmico.
Igualmente se llama a Dios todo-justicia y todo-misericordia por una parte y por la otra se le cree el dispensador de gloria y condenación, de felicidad y sufrimiento para la humanidad; pero si una persona lleva una vida dichosa desde la cuna a la tumba y otra deberá sufrir por toda su vida a ciencia y paciencia de Dios, tal Dios podrá ser solamente todo poderoso, sin ser justo, o todo justiciero, sin ser poderoso.
Asimismo, mucha gente que profesa la creencia de que Dios es todo poderoso, cree a la vez que Satanás debe ser la causa de toda miseria y dolor en el mundo. Pero si ello fuere así, implicaría que tal Dios es impotente contra Satanás y, por tanto, no todo-poderoso.
Además se llama a Dios omnisciente, esto es, conocedor del pasado, presente y futuro; y a renglón seguido se nos dice que su propio ángel se reveló contra Él y se convirtió en Satanás; cosa que sugiere que Dios no tuvo la presciencia de prever que Su propio ángel se le revelaría, por tanto no se la puede llamar omnisciente.
Más aún, se considera a Dios como infinito y omnipresente, pero no se espera encontrarlo y mirarlo excepto en el cielo. Ambas cosas parecen incompatibles; si es infinito o sin forma ni límite, ¿cómo puede estar tan sólo en el Cielo, o sentado o de pié, en cualquier lugar especial? Tal Dios parece ser, sencillamente, producto de una imaginación pueril o de un pensamiento hueco, pues filosófico y lógicamente es un absurdo.
El concepto de Dios según la Teosofía.
La Teosofía cree en la Existencia Una, en lo Uno, en Aquello que es centro de toda vida, en un Principio Omnipotente, Eterno, Ilimitado e Inmutable, acerca del cual, toda especulación es imposible; el Uno sin Segundo; la Existencia Infinita, Perdurable, Inalterable, el Eterno Hoy sin pasado, presente o futuro; el Logos Inmanifestado, fuera de espacio y tiempo, llamado en el Zoroastrianismo Zarwané-Akrané, o el Espacio Insondable; la Tres-veces-desconocida Oscuridad Inefable del sistema órfico griego, llamada por los hindúes Parabráhman, el Supremo Bráhman, el Ser Supremo, o también, Nírguna-Bráhman, Bráhman sin atributos, incondicionado, para distinguir así el estado de no-manifestación de Bráhman, el Todo, del estado de manifestación bajo el cual Bráhman es denominado Saguna-Bráhman, el que tiene atributos, el que es condicionado, el Bráhman revelado: el Supremo Ishvara con Su universo.
De Aquello todo procede, a Aquello todo retorna. Aquello incluye dentro de Si Mismo todo lo que jamás ha sido, es y puede ser.
Como una ola se levanta en el océano, así surge un universo en el Todo; como la ola desaparece luego en el océano, así el universo se sumerge de nuevo en el todo. El océano es agua y la ola una forma o manifestación del agua, así hay una existencia y el universo es una forma de manifestación de la Existencia. Verdaderamente todo esto es Bráhman. Así pues, todos los universos surgen del Todo y desaparecen en Él, nacen y mueren en Su inmensidad.
Sin embargo, el Uno Sin Segundo no es quien produjo nuestro Sistema Solar directamente. Proviniendo de la profundidad de la Existencia Una, un Logos, imponiéndose a sí mismo un límite, llega a ser el Dios manifestado; trazando la esfera límite de Su actividad, demarca el área de Su Universo.
Lo manifestado y lo no manifestado son sencillamente los dos estados de Bráhman. Este Logos manifestado no es el Segundo, sino el Uno en manifestación: el Saguna-Bráhman antes mencionado, el que tiene atributos, el Logos Cósmico, el Supremo Regente del Universo, el Uno de por sí existente, Raíz y Causa de todos los seres, también denominado algunas veces Purushottama, el Espíritu Supremo, El Ser.
Con Sí Mismo como Espíritu, este Ser revela el otro aspecto del Todo, que se llama Mulaprakriti, la Raiz de la Materia. El manifiesta una parte de Sí Mismo; Establece el universo con una porción de Sí Mismo, toda-trascendente, toda-comprendiente, el Dios manifestado, auto-limitado por la manifestación.
El se revela luego bajo triple aspecto, los tres grandes Logos de la evolución cósmica, y así, aquella Trimurti o Trinidad es el aspecto, hacia el universo, del Dios manifestado.
Asociados con la obra del Logos Cósmico, en el Universo, hay siete Personificaciones de Su naturaleza, llamados los Siete Logos Cósmicos Planetarios. Todos los astros en el firmamento, que sean centros de grandes sistemas en evolución, pertenecen a uno u otro de estos grandes Siete y son, en cierta manera, expresiones de Su vida, como Ellos, a su vez, son expresiones de la Vida Una del Logos Cósmico.
En la Existencia-Una hay innumerables universos, en cada universo incontables sistemas solares; cada sistema solar recibe energía y es controlado por un poderoso Ser, Isvhara, o Logos Solar, o Deidad Solar. Como un Astro, el Señor de un Sistema entre las miríadas de estrellas, vive, se mueve y tiene su Ser en su Astro-Paterno, uno de los Siete Grandes; con todo, El refleja directamente la Vida, Luz y Gloria del Uno-sin- Segundo. Para Su sistema El es todo lo que los hombres significan por Dios; lo impregna, no hay cosa alguna que no sea El, se halla inmanente en cada átomo del sistema, interpenetrándolo todo, sosteniéndolo todo, evolucionándolo todo.
El está en todas las cosas y todas las cosas están en Él. De Sí Mismo el Logos Solar ha traído a existencia nuestro sistema y nosotros, que en Él nos encontramos; somos fragmentos evolucionantes de Su Vida; de Él todos hemos venido, a Él todos retornaremos.
Con todo, Él existe sobre Su sistema, viviendo Su propia vida entre Sus Iguales, otros Logos Solares, Astros Hermanos de Su compañía.
“Habiendo compenetrado todo el Universo con un fragmento de Mi Mismo, Yo permanezco”.
De aquella mas alta vida de Él nada podemos saber, pero cuando Él se limita, descendiendo a condiciones tales que lleguen a nuestro alcance, Su manifestación siempre asume tres aspectos. En la evolución de cualquier sistema solar, tres de los más elevados principios del Logos del sistema, generalmente llamados los Tres Logos del sistema, corresponden y respectivamente llenan las funciones de los Tres Grandes Logos de la Evolución Cósmica. Y así, la manifestación del Logos de nuestro sistema es triple, y sin embargo, fundamentalmente una; tres Personas, persona significa máscara, pero un Dios mostrándose en dichos tres aspectos que tan sólo son facetas de Él.
Hay, por tanto, un significado muy real en la insistencia con que dice la Iglesia Cristiana: “adoramos un Dios en la Trinidad y a la Trinidad en la Unidad, sin confundir las tres Personas ni dividir la Sustancia”; es decir, sin confundir jamás en nuestra mente la acción y las funciones de las tres separadas Personas, o Máscaras, o Manifestaciones, cada una de Su propio plano; pero sin olvidar por un momento la Eterna Unidad de la Sustancia, Aquello que se halla tras de todo en el plano más elevado.
El aspecto de Ishvara, como creador de los mundos, es llamado Bráhman por los hindúes, y Espíritu Santo por los cristianos; Aquel aspecto bajo el cual Ishvara, preserva y mantiene los mundos, es llamado Vishnú por los hindúes y el Hijo por los cristianos; y el aspecto en el cual Él disuelve los mundos cuando ya están gastados y para nada sirven, es llamado Shiva o Mahadeva por los hindúes y el Padre por los cristianos.
Los sagrados inmortales.
En las tradiciones Hebrea y Cristiana “los Siete Espíritus ante el trono de Dios”. Las energías de estos siete, controlan y dirigen todo lo que sucede dentro del Sistema Solar. Son Ellos los Regentes de los planetas Vulcano, Venus, Tierra, Saturno, Júpiter, Urano y Neptuno. Cada uno de los siete es la Cabeza y Regente de Jerarquías de entidades creadoras que trabajan, bajo su dirección, en formar y preservar el Sistema Solar; a sus órdenes militan huestes de Devas, o Seres Resplandecientes, o Ángeles llamados en las religiones Orientales, Adityas, Vasus, Dhyan-Chohans, etc, y en la tradición Cristiana, Ángeles, Arcángeles, Tronos, etc; son en definitiva, las manifestaciones del Uno, los innumerables ministros de la Voluntad Suprema.
Presidiendo sobre nuestro mundo, hay un gran Oficial que representa a la Deidad Solar. El es el verdadero Rey de este mundo, con absoluto control de toda la evolución que tiene lugar en nuestro planeta; y bajo Él hay ministros a cargo de los diferentes departamentos.
Así pues, el Dios en quien creemos, el Supremo Señor de nuestro sistema, se manifiesta a Sí Mismo en Su sistema bajo una triple forma, una Trinidad: el Regenerador, el Preservador, el Creador; denominados en Teosofía como el Primero, el Segundo y el Tercer Logos; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo del Cristianismo; Shiva, Vishnu y Brahmá del Hindú; Kepher, Binah y Chochmah del Hebreo Cabalista; Ahura, Mazda y Ahuramazda, o sea, Vida, Sabiduría y la Existencia Una, del Zoroastriano. Está en todas partes y en cada cosa y es todas las cosas. El mundo todo es tan sólo una manifestación de Él. El está manifestado bajo incontables formas, en grados innumerables de inteligencias vivientes que proceden todas de Él, como así proceden de Él los vegetales, animales y hombres. Y así sólo hay la Vida Una, exhibida en infinitas formas; del ángel al mineral, todas son expresiones de aquella Vida; no podría existir el grano de polvo si Dios estuviera ausente de él; y el más elevado Arcángel es solamente otra expresión de Él, del Uno; por lo cual, estando Dios inmanente en todo, todos participamos de una Vida y formamos una Gran Fraternidad
Existencia de Dios.
Ningún proceso de razonamiento puramente intelectual suministra una demostración, completa y satisfactoria a todas las mentes, de la existencia de Dios. Tal existencia puede probarse indirectamente por el raciocinio, la devoción y la pureza de vida. Un detenido y cuidadoso estudio de la naturaleza prueba la probabilidad de un “Divino Arquitecto” que edifica los mundos; la Existencia-Una parece una necesidad filosófica, así como la manifestación de la Dualidad primordial: Pratyagátmá y Múlaprakriti, o sea, la raíz del Espíritu y la raíz de la Materia, una necesidad cósmica. Pratyagátmá, contemplado emocionalmente, es Dios, el Supremo Señor.
La devoción hacia Dios habilita al hombre para sentir la existencia de Dios y para obtener Paz de Él. A medida que un hombre se hace más puro, más noble, más amoroso, comienza a conocer a Dios y no necesita ya pruebas de Su existencia, así como ya no necesita prueba de la luz mediante la cual ve.
Pero la prueba directa y última radica dentro del Ser; su única prueba es la conciencia en el Ser. Cada uno de nosotros está completamente seguro de que él mismo existe; y así, tenemos muchas existencias cada una segura de ella misma; pero estas no pueden surgir de forma separada e independientemente, de igual manera que una fuente, si no tiene agua, no puede lanzar un chorro por los aires; estos seres han surgido del Ser Uno, son partes del Único Ser y tal Ser es Dios. De aquí que la convicción del Ser sea Su sola prueba, la realización de lo Divino en nosotros, nuestro verdadero Ser que reconoce al Divino Ser fuera de nosotros por identidad de naturaleza.
Por tanto, sólo realizando la Divinidad en nosotros mismos podremos conocer la Divinidad fuera de nosotros mismos: aquel Ser en quién vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser.
La formación de nuestro Sistema Solar.
Desde el más remoto punto de partida o historia que nos sea posible concebir, aparecen ya en completa actividad los opuestos de espíritu y materia, de vida y forma. Lo que comúnmente llamamos fuerza y materia son en realidad dos variedades de espíritu en diferentes etapas de evolución.
La raíz última de la materia, tal como se ve en nuestro nivel, es lo que los científicos llamaban el éter del espacio; en los estudios teosóficos se denomina el “Koilon”, lo vacío, la negación primordial de la materia, porque el espacio ocupado por ella aparece vacío para los sentidos físicos. Esta sustancia, perceptible sólo para un poder clarividente altamente desarrollado, llenaba originalmente todo espacio; pero algún Ser, infinitamente más elevado que nuestra Deidad Solar, modificó esa condición de reposo al infundir Su Espíritu o Fuerza en cierta sección de la materia, sección del tamaño de todo un Universo.
La introducción de tal fuerza formó dentro del éter un incalculable número de pequeñas burbujas esféricas, que se denominan en “La Doctrina Secreta” como “los agujeros que Fohát cava en el espacio”. Cada burbuja, o punto de luz, es donde no se halla Koilon; cada burbuja es en realidad un punto de Su conciencia y persiste solamente mientras Él quiere desalojar de allí el Koilon circundante.
Estas burbujas son los átomos últimos, las unidades finales de las que se componen lo que nosotros llamamos materia; por lo cual la materia no es otra cosa que agujeros en el éter.
Cuando la Deidad Solar comienza a construir Su sistema, encuentra este material, que consta de infinito número de agujeros o burbujas, listo para ser usado. Primeramente demarca el límite de Su campo de actividad, una vasta esfera cuya circunferencia es mucho mayor que la órbita del más lejano de sus futuros planetas. Dentro del límite de tal esfera El establece una especie de vórtice gigantesco arrastrando todas las burbujas hacia una vasta masa central, el material que constituirá la futura nebulosa. Actuando mediante Su Tercer Aspecto, envía al cuerpo de esta enorme esfera giratoria siete impulsos sucesivos de fuerza, reuniendo las burbujas en agregados más y más complejos.
De esta manera se forman siete mundos de materia, gigantescos, interpenetrados y concéntricos; todos uno en esencia puesto que constan de la misma clase de materia, pero difiriendo en grados de intensidad. Estos siete tipos de materia o clases de átomos de hallan libremente entremezclados, de tal suerte que, en la más pequeña porción de materia tomada al caso, podrían encontrarse partículas de cada tipo. Los más densos de estas siete clases de átomos, los átomos físicos últimos, se combinan luego en ciertas agregaciones para constituir un número de diferentes clases de lo que puede llamarse “proto-elementos”, y estos se agregan de nuevo en varias formas que la ciencia conoce como elementos químicos.

Capítulo III
La constitución del hombre.
Según la enseñanza Teosófica, el hombre es en esencia una Monada, un fragmento de la Divinidad, un destello de Dios, una Chispa del Fuego Divino que reside perennemente en el plano Monádico o Anupadaka de la Naturaleza . Es él una individualidad, un hijo que va a crecer, a evolucionar hasta la semejanza de su Divino Padre. Siendo esta Monada un fragmento de lo Divino, contiene en si misma, en potencia, toda perfección, toda bondad. En tal estado, y aunque sea divina, aparece incapaz de ejercer sus energías en Planos inferiores, y no posee el poder de dominar detalles físicos o de actuar en la materia física de un manera definida o precisa. Lo que tiene que hacer en el transcurso de la evolución por la cual deba pasar es desarrollar todos sus poderes latentes.
Para los propósitos de la evolución humana, el verdadero Ser, la Monada, se manifiesta a sí misma en los mundos inferiores, se envuelve a sí misma en una y otra vestidura cada cual hecha de una materia perteneciente a una definida región de Universo, y así se capacita el Ser para ponerse en contacto con cada región y adquirir, por consiguiente, el conocimiento de ella
En la actual etapa del humano desarrollo, la evolución humana tiene lugar tan solo en cinco de los siete Planos de la Naturaleza.
Cuando la Monada desciende de su Plano y entra en el mundo espiritual se muestra en tres aspectos, de los cuales el primero, que permanece siempre en aquel mundo, se denomina Atma, ó el Espíritu en el hombre. Al segundo, que se manifiesta en el Plano intuicional, ó Búddhico, se le designa como Buddhi o la intuición en el hombre, en tanto que el tercero, que se muestra en el Plano Mental Superior, es llamado Manas, la inteligencia en el hombre.
Esta triple manifestación de la Monada en tres niveles como Atma, Buddhi, Manas ó Espíritu, Intuición, Intelecto, se llama el Ego ó la individualidad. Este Ego es el hombre durante la etapa de evolución humana en el mundo de manifestación ó en el quíntuple Universo, y se le describe como una semilla, un germen de la Vida Divina conteniendo las potencialidades de su propio Padre Celestial, su Monada, que debe transmutar en poderes en el curso de la evolución; de hecho este seria el equivalente más aproximado al concepto ordinario del Alma.
El Ego toma sobre sí un vehículo llamado el cuerpo Causal, constituido de materia del Plano Mental Superior, y así el hombre tal como lo conocemos, aunque sea en realidad una Monada residiendo en el mundo Monádico, se muestra como un Ego en el mundo Mental Superior mediante un vehículo llamado cuerpo Causal, formado de los tres subplanos más sutiles del. Mundo Mental.
Ahora bien, el Ego, antes de descender al mundo físico debe pasar a través de los mundos mental inferior y astral, y al hacerlo así, incluye a en derredor de sí mismo velos de la materia de estos planos que más tarde transforma en sus cuerpos mental y astral, solamente después de haber asumido estos vehículos intermediarios puede tener contacto con el feto y nacer en el mundo físico para vivir una vida física, y trabajar allí por obtener el conocimiento de ella.
Al final de su vida, cuando el cuerpo físico está ya gastado, el Ego invierte el proceso de descendimiento, deshecha primeramente su cuerpo físico y centraliza su vida en el cuerpo astral, en el mundo astral; después deshecha aquel vehículo y permanece en el cuerpo mental, dentro del mundo mental por largo tiempo, y cuando éste es abandonando, a su turno, el Ego se encuentra de nuevo en su propio mundo.
Trascurrido cierto tiempo repite de nuevo el proceso de descenso hacia la materia densa, tomando un vez más nuevos cuerpos, mental, astral y físico
El Ego crece, más por otra parte vive sin alteraciones hasta que alcanza su meta: el sumergirse en la Divinidad. No le afectan nacimientos ni muertes, como reside en un cuerpo Causal permanente de una a otra vida, retiene la memoria de las experiencias de todas sus personalidades, la que comúnmente llamamos vida, es apenas un día de su vida real, y el cuerpo físico que nace y muere, es apenas una vestidura que accidentalmente usa para impulsar su evolución.
Esta pues es la constitución real del hombre, es él una Monada , un destello de lo Divino, y el Ego es una expresión parcial de aquella Monada , alojado en el cuerpo Causal que le sirve para poder entrar en la evolución y regresar a la Monada con cualidades desarrolladas y conocimiento adquirido mediante experiencias.
Cuando torna de nuevo, proyecta hacia la tierra una parte de sí mismo llamada una personalidad, que nuevamente usa tres cuerpos, el mental, el astral y el físico.
Por consiguiente: cuando pensamos y decimos que conocemos a un hombre aquí, en el plano físico, sería un poco más de acuerdo con la verdad decir que conocemos la milésima parte de él. El Ego es una parte de la Monada, algo así como la proporción que existe entre una oreja y todo el cuerpo, y siendo la personalidad a su vez una parte del Ego, lo que normalmente creemos que es el hombre, apenas es un fragmento de un fragmento del hombre real.
Y así aquella parte de la individualidad ó del Ego, llamado también el Yo superior, que se manifiesta en una reencarnación en un tiempo dado en una raza particular, ya fuere como hombre ó mujer, es la personalidad ó el ser inferior.
La relación entre la individualidad y la personalidad ha sido expresada mediante muchos símbolos, uno de los cuales es aquel de una sarta de perlas, donde el hilo representa la individualidad, y las perlas, cada una de las distintas personalidades en sucesiva encarnación. Sin embargo la individualidad usa tan solo una personalidad para el propósito del trabajo que efectuará en una encarnación; y tal personalidad al nuevo nacimiento toma un nuevo cuerpo mental, astral y físico.
Cada uno de estos cuerpos, además, tiene su propia vida y conciencia enteramente distintas de la vida y conciencia de la personalidad que usa los cuerpos. Esta conciencia corporal del cuerpo mental se conoce bajo el nombre de elemental mental, la del cuerpo astral como elemental deseo, y la del cuerpo físico bajo el nombre de elemental físico.
La materia de los cuerpos mental y astral no es materia muerta, de hecho no existe la materia muerta en parte alguna que sepamos, puesto que toda materia ha sido vivificada por el primer influjo proveniente del tercer aspecto del Logos, en tanto que a todas las formas se les da alma, y se la vivifica luego por el Segundo Influjo que generalmente es llamado esencia Elemental, y que a menudo se describe como esencia monádica, especialmente cuando se halla animando la materia atómica de cada plano en su curso descendente.
La conciencia corporal de los cuerpos mental y astral, llamada respectivamente el elemental mental y astral, es la vida de la materia mental y astral en sus respectivos vehículos. En la vida celular que los compenetra, nada hay todavía de inteligencia, si no solamente un fuerte instinto haciendo presión constante en dirección de lo que es ventajoso para su desarrollo.
Lo que la esencia elemental requiere para su desarrollo es vibración, por que crece, tal como en mucho más alto nivel lo hacemos nosotros, aprendiendo a responder a impactos del exterior.
La esencia viviente en la materia del cuerpo mental está siempre en busca de variedades en la vibración, y tiene la mayor rebeldía posible a dejarse sujetar durante largo tiempo a un tipo definido de aquella, tal es el caso que todos encontramos en nuestros esfuerzos por concentrarnos, cuando algo dentro de nosotros parece impeler constantemente a nuestro pensamiento a vagar, y resistir vigorosamente todo esfuerzo que hacemos por mantenerlo fijo en una línea determinada.
La vida que anima la materia de la que están construidos los cuerpos mental y astral se encuentra en el arco descendente de la evolución, caminando hacia abajo ó hacia fuera en la materia, de tal suerte que para ella progreso significa mayor materialidad, esto es, descender a más densas formas de materia, y aprender a expresarse a trabes de ellas.
Para el hombre desarrollo es precisamente lo contrario, él ya se ha hundido profundamente en la materia y se encuentra ahora saliendo de ella en dirección a su origen, elevándose de lo material hacia lo espiritual, y reaccionando tan solo a las más delicadas vibraciones de altas y nobles aspiraciones. De consiguiente: existe un perpetuo conflicto de intereses entre el hombre interno y la vida que habita la materia de sus vehículos, puesto que ésta tiende hacia abajo mientras él aspira hacia lo alto.
El elemental astral, esto es, la vida que anima las moléculas de materia en el cuerpo astral, llamado así mismo elemental deseo, requiere para su evolución todo género de vibración pasional de tan diferentes clases como sea posible, y tan fuertes y groseras como se encuentren; su evolución, como la del elemental mental, se efectúa mediante vibraciones, y vibración en el plano astral es siempre el resultado de alguna pasión ó emoción de todo género. El próximo paso en su evolución será animar la materia física y acostumbrarse a usarla para oscilaciones aún más lentas, y como un adelanto de tal camino desea las más rudas y extremas de las vibraciones astrales No puede decirse que posea inteligencia alguna puesto que ni siquiera llega aún al nivel del mineral, sin embargo tiene una capacidad extraordinaria para adaptarse a las circunstancias ambientes y extraer de ellas lo que necesita; y esto, seguramente parecerá muchas veces como una inteligencia parcial ó instinto muy agudo.
La vida en la masa de moléculas en el cuerpo astral tiene, aunque vago, un sentido de sí misma como de un todo, como una clase de entidad temporal, no sabe que es parte del cuerpo astral de un hombre, es completamente incapaz de comprender lo que es un hombre, pero con su curioso instinto, se da cuenta a ciegas de que bajo sus actuales condiciones recibe muchas más oleadas de vibración, y estas mucho más fuertes que las que podría recibir flotando suelta en la atmósfera, en el mar general de esencia astral, allí le llegarían en ocasiones tan solo como desde larga distancia, la radiación de las pasiones y emociones del hombre, pero ahí se halla en el propio corazón de ellas, no puede perder una sola y las recibe en su más alto grado; por tanto se siente en una buena posición, y se esfuerza por mantenerse en condiciones tan ventajosas.
Las partículas del cuerpo astral están siendo continuamente cambiadas y desechadas, justamente como sucede con las partículas del cuerpo físico. No obstante, la sensación de individualidad es comunicada a las nuevas partículas a medida que entran, y la esencia que se halla incluida dentro del cuerpo astral de cada hombre, sin duda, se considera a sí misma como una especie de entidad, y por consiguiente actuará en beneficio de lo que estima sus intereses.
Estos intereses, como antes se dijo, son por regla general diametralmente opuestos a los del alma, de aquí surge una perpetua contienda entre ambos, es decir, entre el elemental deseo y el alma, ó como San Pablo la define: la ley en los miembros peleando contra la ley en la mente. Pero va más lejos aún, la entidad encuentra cierta clase de materia más fina formando parte de ella misma, la materia del cuerpo mental del hombre, y llega a la conclusión de que si consigue envolver aquello más fino dentro de sus propias ondulaciones, estas serán intensificadas y prolongadas en gran manera, puesto que la materia astral es el vehículo del deseo y la materia mental el vehículo del pensamiento. Este instinto si lo traducimos a nuestro lenguaje significa que si el cuerpo astral puede inducirnos a pensar que nosotros necesitamos lo que el quiere, es más probable que lo consiga, y así ejercita una lenta pero firme presión sobre el hombre, cierta especie de hambre de parte de ella, pero para este una tentación por aquello que sea bajo y no deseable.
Si acaso un hombre es pasional hay una presión suave pero incesante hacia la irascibilidad. Si acaso fuere sensual habrá una presión igualmente firme hacia la impureza. Tal presión, que no es el acicate de su propia naturaleza, ni la tentación puesta por algún diablo imaginario, es natural, no para el hombre si no para el vehículo que está usando; tal deseo es natural y recto para este pero dañoso para el hombre, de aquí la necesidad que hay de resistirlo, pues debería ser muy humillante para el hombre dejarse vencer ó permitir que se le use como instrumento por algo que ni siquiera es mineral aún. Pero si él resiste, si rehúsa ceder a los sentimientos ó pasiones que se le sugieren, si se niega a satisfacer sus bajos deseos, gradualmente cambia la esencia elemental dentro de sí y construye una entidad enteramente distinta, una diferente criatura, porque las toscas partícula que dentro de él necesitaban aquellas vibraciones groseras desfallecen por falta de alimento y por fin se atrofian y se retiran de su cuerpo astral, siendo reemplazadas por otras partículas más elevadas y finas cuyo tipo vibratorio natural esté en más estrecha relación con lo que habitualmente permite el hombre dentro de su cuerpo astral.
Esto nos explica aquello que se llama las insinuaciones de nuestra naturaleza inferior durante la vida, si el hombre accede a ellas, tales tentaciones aumentan más y más de fuerza hasta que él se siente impotente para resistirlas y se identifica con ellas que es cabalmente lo que necesita esta curiosa semivida en las partículas del cuerpo astral.
Pero si el hombre controla sus deseos y vive la vida Teosófica terminará su actual encarnación con un tipo mucho mejor de elemental deseo que el que trajo a su nacimiento, y por consiguiente, principiará su nueva encarnación usando una clase más refinada de aquella esencia elemental.
Pero si el hombre controla sus deseos y vive la vida Teosófica terminará su actual encarnación con un tipo mucho mejor de elemental deseo que el que trajo a su nacimiento, y por consiguiente, principiará su nueva encarnación usando una clase más refinada de aquella esencia elemental
El elemental físico, sus funciones y naturaleza.
El elemental físico o conciencia corporal del cuerpo físico, es la esencia de las oleadas de vida mineral, vegetal y animal que integran el cuerpo físico. Este cuerpo está construido con células siendo cada una de ellas una pequeña vida separada animada por el Segundo Influjo de los tres mencionados en el Capítulo VIII y que procede del Segundo Aspecto de la Deidad.
Todas las células combinadas dentro del cuerpo, sirven como vehículo de una forma de conciencia más elevada que cualquiera de las que ellas conocen en sus vidas separadas. Esta conciencia, limitada como está, basta para los propósitos de la vida y funciones del cuerpo físico. Esta conciencia corporal física, el Elemental Físico, es la que atrae la atención del individuo cuando hay necesidad de ello, es decir, la que demanda descanso cuando el cuerpo físico está fatigado, o la que urge por alimento o bebida cuando el cuerpo necesita de estas cosas. El cuerpo0 con su elemental físico es también suficientemente apto, debido a prolongados hábitos ancestrales de herencia, para protegerse a si mismo cuando le atacan gérmenes de enfermedades, poniendo en pie de guerra a su ejército de fagotitos para matarlos y cuando sufre escoriaciones cortaduras o heridas, acumula legiones de glóbulos blancos donde proceda para tratar de construir nuevas células. Cuando el cuerpo físico está dormido y su ocupante ausente con su cuerpo astral en este mundo. el elemental físico es el que recoge la ropa de cama para protegerse del frío y el que lo mueve para adoptar una nueva postura.
Muchas de estas manifestaciones del elemental físico son bastante naturales y no requieren intervención por parte del ocupante del cuerpo físico, pero en ocasiones esa intervención es necesaria, como cuando se trata de realizar u trabajo peligroso y el elemental, temiendo por su vida, trata de rehuirlo, viéndose obligado a mantenerse en la acción por la voluntad del, hombre, o bien, cuando se trata de cumplir con el deber y el cuerpo de encuentra cansado y se resiste a ello, debiendo ser forzado al trabajo.
Un Maestro de Sabiduría dijo: “Pero el cuerpo y el hombre son dos cosas distintas y lo que el hombre quiere no es siempre lo que el cuerpo desea. Cuando tu cuerpo desee algo detente a pensar si tú realmente lo deseas”.El cuerpo físico tiene la tendencia a la inacción, a Tamas, y el hombre que comienza a saber es consciente de que ha de imponerse a la tendencia natural del cuerpo físico y realizar la acción que él sabe que ha de hacerse. Esto se va consiguiendo poco a poco según se obtiene el dominio sobre el cuerpo físico, y por tanto, sobre el elemental.
En los niños el elemental físico es muy pronunciado. Cuando el niño grita o se retuerce, es el elemental y no el alma del niño el que da expresión a sus objeciones, las cuales, aunque muy razonables para él, no nos parecen a menudo que lo sean.
Los cuerpos del hombre
El ser humano es una entidad que para su desarrollo evolutivo total interno, vive en distintos mundos o planos que también podemos denominar distintos estados de materia de densidad o grado vibratorio desigual. Ello le capacita para poder experimentar en distintos medios o escenarios vibratorios diferentes y así poder obtener, lentamente, el desarrollo espiritual interno que le lleve cada vez a cotas más elevadas de manifestación y de posibilidades más trascendentes. En mayor o en menor escala, según sea su estado evolutivo, todos los seres humanos usamos estos cuerpos cuando nos encontramos en el medio, grado vibratorio o plano, correspondiente.
Lo normal es que una persona sea consciente en uno de los planos cuando emplea el cuerpo correspondiente a ese plano en particular. No recordamos lo que hacemos en otros cuerpos, y por lo tanto planos, porque nuestra conciencia no está lo suficientemente expandida o ampliada como para ser consciente en más de un plano o cuerpo, cosa que se consigue, pausadamente, según la persona avanza en su desarrollo interno.
De menor a mayor densidad de la materia que los constituye, se enumeran los siguientes cuerpos:
CUERPO CAUSAL. Se le llama el cuerpo de Manas, es el vehículo permanente del Ego en el mundo mental superior y consta de las tres primeras subdivisiones de dicho mundo. Todo lo que a él llega, subsiste. Es como una especie de almacén en el que se guardan las experiencias favorables adquiridas durante la vida en los tres planos físico, astral y mental inferior. Se le llama causal porque en él residen todas las causas que se manifiestan como efectos en los planos inferiores, porque en él radica la causa de nuestro progreso, rápido o lento, puesto que, del tesoro almacenado en este cuerpo, es del que extraemos las cualidades de carácter y capacidad cada vez que tomamos un nuevo nacimiento sobre la Tierra.
Lo que realmente es el ser humano es una forma humana asexuada, ni de hombre ni de mujer, lo que es accesorio, que se parece a un ángel tradicional. Este cuerpo está rodeado por un ovoide de materia luminosa ígnea, y sin embargo, delicado. A esta forma se le llama el Augoeides. Es el hábitat permanente del alma, el cuerpo causal. En tal cuerpo mora el alma. inmortal y eterna.
Visto clarividentemente, este cuerpo aparece como un ovoide que circunda al cuerpo físico extendiéndose a una distancia de unos ochenta o noventa centímetros.
Según crece el ser humano internamente y se desarrolla espiritualmente, aumenta el tamaño del cuerpo causal y las tonalidades que lo colorean van siendo cada vez más suaves y delicadas. En el ser poco desarrollado la parte más ancha del ovoide se encuentra en la parte inferior, mientras que en más evolucionado, esa parte está en la parte superior.
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El cuerpo causal según la descripción que C. W. Leadbeater, en su libro el "El hombre visible e invisible" |
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CUERPO BUDDHICO. Es el vehículo formado por la agrupación de materia del plano búddhico en virtud de las vibraciones del Yo Superior. Es llamado muy apropiadamente “Cuerpo de Bienaventuranza”.
EL CUERPO MENTAL.
El cuerpo mental está compuesto de materia del plano o mundo mental inferior, es decir, de los cuatro subplanos inferiores del plano mental. Expresa los pensamientos concretos del ser humano, reaccionando, por sus vibraciones, a los cambios de pensamiento en él. Es el vehículo del Ego, el Pensador, para ejercitar su raciocinio, para su manifestación como intelecto, y varía grandemente de unas a otras personas. Es ovalado en su contorno, e interpenetra los cuerpos astral y físico rodeándolos de radiante atmósfera a medida que se desarrolla.
El tamaño y forma de este cuerpo dependen de los del cuerpo causal. Literalmente, el cuerpo mental crece de tamaño a medida que el ser humano avanza en su evolución. En una persona no evolucionada es difícil distinguirlo, pero en una más avanzada, aunque no sea un ser espiritual sino que tan sólo tiene desarrolladas las facultades mentales, se ve este cuerpo como un vehículo de actividad claramente desarrollado y organizado de contornos precisos y pleno de vigor.
Los colores en este cuerpo y en el astral tienen igual significado que en los del causal, pero a medida que nos aproximamos a la materia física, las estrías son comparativamente más anchas, menos delicadas y menos vívidas, hallando al propio tiempo, algunos colores adicionales en los cuerpos bajos. El pensamiento de orgullo se ve como anaranjado. La irascibilidad como escarlata brillante. La avaricia como castaño claro. El egoísmo como gris oscuro y el engaño como gris verdoso. Pero sucede que las buenas cualidades, afecto, devoción o intelecto, pueden estar teñidas de egoísmo, y entonces los colores respectivos aparecen impuros y sucios por el tono oscuro del egoísmo.
El cuerpo mental crece o se desarrolla por el pensar. Por el ejercicio de las buenas emociones, aspiraciones y esfuerzos benéficos, así como por una regular y continuada meditación. Nuestros pensamientos son el material que introducimos en el cuerpo mental, y lo construimos, día a día, literalmente por el uso de las facultades artísticas y de las más elevadas emociones. Los buenos pensamientos producen vibraciones en la materia más delicada de este cuerpo, la cual, por su gravedad específica, tiende a flotar en la parte superior del ovoide, mientras que los malos pensamientos, como el egoísmo o la avaricia. Son oscilaciones de la materia más burda que gravita hacia la parte inferior del ovoide.
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El cuerpo mental según C.W.Leadbeater |

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EL CUERPO ASTRAL. Está compuesto de materia de los siete subplanos del mundo o plano astral. Es el cuerpo de la conciencia de los deseos del ser humano, el asiento de todos los deseos animales, el centro de los sentidos donde todas las impresiones sensoriales llegan a sensaciones. Es el vehículo de la pasión y de la emoción inferior en el ser humano. Su tamaño y forma son como los de los cuerpos superiores ya tratados, es decir, el mental y el causal. Cada uno de nosotros trabaja constantemente a través del cuerpo astral, pero muy pocos trabajan en él separado del físico.
En una persona poco adelantada, este cuerpo presenta una apariencia muy rudimentaria con contornos imprecisos y muy turbios, rudo y mal configurado, semejante a una nube revuelta de colores desagradables. Separado del cuerpo físico, como durante el sueño, no es más que una nebulosa sin forma incapaz de actuar como vehículo independiente, pero en un ser de cultura intelectual y con crecimiento espiritual, muestra los colores de su forma por lo bien definido de su contorno, la luminosidad de sus materiales y la perfección de su organización.
Los colores del cuerpo astral tienen el mismo significado que los de los cuerpos más sutiles o elevados pero brillan a varias octavas de color más inferiores que las de dichos cuerpos, además, el cuerpo astral tiene algunos colores adicionales que le son propios que expresan sentimientos menos deseables en el ser humano, sentimientos que no pueden mostrarse en los cuerpos superiores. Así, el negro es el color del odio y la malicia, el gris oscuro y espeso significa depresión, mientras que el gris pálido y lívido indica temor. La sensualidad se refleja por el color rojo ladrillo sucio, las manchas escarlatas representan la ira, los celos se reflejan por el color verde pardo, la cólera está representada por llamaradas de escarlata claro. Cuando el cuerpo astral está dominado por la influencia de algún sentimiento en particular, por ejemplo, la devoción, el cuerpo se inunda de color azul, todo el cuerpo está dominado por ese color hasta que con el tiempo adquiere su coloración normal.
Todo lo relacionado con el cuerpo físico queda expuesto en el capítulo siguiente.
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Cuerpo Astral |
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Capítulo IV.
Nuestro cuerpo físico y la Teosofía.
Teniendo el plano físico siete subplanos, el vehículo físico se compone de materia de todos esos estados. El cuerpo físico ordinariamente visible, posee materia de los tres subplanos inferiores, esto es, sólida, líquida y gaseosa; en tanto que la materia de los otros cuatro subplanos compone lo que se llama el doble etérico o cuerpo sombra. Ambos funcionan juntos en el plano físico, durante una vida física y son desechados por el hombre a su muerte.
El cuerpo existe para nosotros, no nosotros para él. Es un instrumento que debe ser refinado, mejorado y ejercitado constantemente, renovándolo con los constituyentes que lo hagan apto para que nos sirva de vehículo, en el plano físico, para los más altos propósitos.
Una de sus peculiaridades es que, una vez acostumbrado a trabajar a lo largo de cierta línea, continuará en tal actividad por su propia cuenta. Si se quiere cambiar un mal hábito, el cuerpo será el primero en oponer considerable resistencia; pero si se le obliga a hacerlo y se le exige actuar como el hombre desea, entonces, tras poco tiempo, repetirá por su propio motivo el nuevo hábito que se le impuso y muy contento prosigue el nuevo método como proseguía el antiguo. La razón de esto es la memoria inconsciente de las células, en conexión con el vegetalismo.
El organismo humano está constituido por innumerables corpúsculos vivientes llamados células, cada una de las cuales tiene una vida consciente de sí misma y todas se combinan para formar del cuerpo una sola entidad
Conciencia individual de las células.
Hay varias clases de conciencia en el cuerpo; una es la conciencia del Yo que se manifiesta mediante el cuerpo como un organismo; otra es la conciencia puramente física que puede ser el elemental físico mencionado antes y que es el agregado de las conciencias de las células individuales.
La acción selectiva de las células, al extraer de la sangre lo que necesitan y rechazar lo que no necesitan, es un ejemplo de esa conciencia propia; y también lo es aquello que los fisiólogos llaman la memoria inconsciente de la célula.
La ciencia nos dice que nuestro cuerpo físico está formado por innumerables pequeñas vidas o células y que éstas están cambiando continuamente, algunas pasan de nosotros al mundo que nos rodea y otras son tomadas en su lugar para formar parte de nuestro cuerpo; tanto es así que apenas se tienen, en un momento dado, en el cuerpo físico, células de siete años antes, excepción hecha de las neuronas.
Según la Ciencia Oculta, no solamente nuestros propios cuerpos, sino también los de los animales, plantas y aun minerales, están construidos de partículas vivientes; cada partícula, ya sea orgánica o inorgánica, es una vida y éstas construyen los materiales, células y organismos.
Tanto los minerales como las plantas participan de la misma vida que los animales y los hombres.
La vida en un trozo de piedra.
Ciertamente hay vida en cada trozo de piedra, pero, si bien cada partícula es una vida, el hombre ordinario llama “viviente” a un cuerpo cuando el movimiento de sus partes es visible para él mediante sus sentidos; cuando tal movimiento no es así visible, se dice que el cuerpo está inanimado o muerto.
Pero el hecho de que el movimiento en la piedra sea demasiado sutil para que los toscos sentidos físicos puedan observarlo, no es razón para llamar inanimada a la piedra.
El doble etérico.
El doble etérico está formado de materia de los cuatro éteres, de los cuatro subplanos más finos que el físico, y es un exacto duplicado o contraparte del cuerpo físico denso, partícula a partícula, es su sombra por decirlo así, por ello se le llama Chayá Sharira, cuerpo sombra. También se le suele llamar el fantasma, el cuerpo fluídico o sencillamente el doble.
Siendo débilmente luminoso y de color gris violeta, interpenetra el cuerpo físico y se extiende como un centímetro más allá de su periferia.
Sus cuatro éteres pueden mezclarse en combinaciones finas o toscas, como las que constituyen su contraparte densa; pero el cuerpo denso y su doble modifican a la par su calidad, de tal suerte que, si un hombre refina y purifica su vehículo físico mediante bebida y alimentos puros, el doble etéreo se purifica a su vez sin más esfuerzo.
Esta parte invisible del cuerpo físico es el vehículo mediante el cual fluyen las corrientes de Prana o la vitalidad que conserva al cuerpo con vida; y sin este puente que lleva las ondulaciones de pensamiento y sentimiento desde el astral hasta la materia física-visible o densa, el Ego no podría hacer uso de las células del cerebro.
De la forma y fabricación del doble etéreo dependen la forma y fabricación del cuerpo físico, por tanto, aquél el molde para éste. Cualquier alteración en el cuerpo físico, desde la juventud hasta la ancianidad, ocurre primero en el cuerpo etéreo antes de pasar al cuerpo físico; y si algún doble etéreo fuese defectuoso, o de cierta forma, constituido por éteres finos o toscos, el cuerpo físico será constituido sobre aquél doble etéreo, con similares defectos y forma, compuesto de partículas densas asimismo delicadas o burdas.
Las vibraciones del doble etéreo de los minerales, vegetales, animales y humanos, causan ondulaciones en el éter ambiente. Con la muerte el doble etéreo abandona la materia más densa y las vibraciones cesan.
El hombre evoluciona mediante reencarnaciones bajo la ley del Karma, por tanto, recibe diferentes clases de dobles etéreos en sus sucesivas vidas; para cada reencarnación se le da un cuerpo etéreo apropiado para asumir en ella las consecuencias de las anteriores, capacitándole para adquirir experiencias que sean el resultado de sus anteriores acciones; siendo modelado el cuerpo físico según aquél doble etéreo, cada persona deberá cosechar lo que ha sembrado.
Ordinariamente los dos cuerpos, físico y etéreo, permanecen juntos, y siendo el cuerpo etéreo un molde para el cuerpo físico, adquiere existencia antes que su contraparte densa prosiguiendo su propia desintegración después que la persona ha abandonado su cuerpo físico al morir.
El doble etéreo es el vehículo de la vitalidad o Prana, siendo esencialmente una fuerza que, cuando se reviste de materia, aparece como elemento existente en todos los planos de la naturaleza.
La vitalidad es una fuerza que originalmente emana del Sol; cada cosa y cada persona se hallan sumergidas en el océano de aquella Vida denominada Jiva o principio vital solar que llena en todo tiempo la atmósfera terrestre.
Así como la sangre circula a través de arterias y venas, así la vitalidad o Prana fluye por los nervios del cuerpo físico y los canales del cuerpo etéreo, y cualquier anormalidad en la absorción o circulación del Prana afecta inmediatamente al doble etéreo, como análogamente sucede en el cuerpo físico si se producen irregularidades en la circulación de la sangre. Cuando deja de fluir aquella fuerza vital o Prana a lo largo de los nervios de alguna parte del cuerpo, desaparece la sensación en tal parte, y se produce lo que se llama anestesia local. Prana no puede separarse del vehículo físico y de su doble etéreo durante la vida, los tres permanecen normalmente juntos ya se halle la persona durmiendo o despierta.
Los siete principios del ser humano.
El ser humano es séptuplo, es decir, tiene una constitución septenaria al estar compuesto de siete principios, tres de ellos forman la Tríada Superior y los cuatro restantes conforman el Cuaternario Inferior.
Tríada Superior:
1.- Atmá o Espíritu.
2.- Buddhi, Intuición o Vehículo de Atmá.
3.- Manas, El Pensador o la Inteligencia.
Cuaternario Inferior:
4.- Kama o la naturaleza pasional y emocional.
5.- Prana, Vitalidad o Energía Vital.
6.- Doble Etéreo o Vehículo de Prana.
7.- Cuerpo Físico.
Los tres principios superiores o Tríada Superior es la parte inmortal de la naturaleza del ser humano, es el “espíritu” y el “alma” de la terminología cristiana. Los cuatro principios más bajos o Cuaternario Inferior es la parte mortal o transitoria del ser humano, es el “cuerpo” del sistema cristiano.
El Káma y el Mánas.
Literalmente Káma significa deseo, y es la naturaleza pasional y emocional incluyendo todas las necesidades animales como el hambre, la sed, los deseos sexuales, etc.; y también las pasiones como el bajo sentido del amor, el odio, la envidia, los celos, etc.; es el deseo de experimentar goces materiales, es la actividad de conciencia que corresponde al cuerpo astral, es el más burdo de todos nuestros principios y nos ata a la vida terrenal. Funciona en Káma-rupa, cuerpo-deseos o cuerpo astral.
Mánas, del sánscrito man, pensar, significa El Pensador, vagamente denominado en Occidente como la Mente, y contiene en sí materia del plano mental; es el ocupante de la casa constituida por el Cuaternario Inferior; Mánas es la Inteligencia en el ser humano, es la actividad de conciencia correspondiente a los cuerpos mental y causal.
En cada encarnación Mánas es dual. Proyecta una parte de su sustancia llamada mánas inferior que, unida a Káma, forma el Káma-Mánas y llega a ser la inteligencia normal del cerebro humano, el “yo” personal del ser humano.
El cuaternario como un todo, conforma la personalidad, y el Mánas superior da el toque individualizante que hace a la personalidad reconocerse a sí misma como “YO” superior. Sin embargo, el Mánas inferior da origen al pensamiento “yo soy éste” que confunde al ser humano con sus vehículos personales.
La mente que aspira a los cielos, el Mánas superior con Buddhi y Atmá, es el Ego; el Mánas inferior se halla engolfado en el cuaternario, asido a Káma con una mano mientras con la otra retiene su contacto con su padre el Mánas superior.
El problema vital de cada reencarnación es la lucha frente al dilema de si el Mánas inferior será arrastrado hacia abajo por Káma y arrancado de la Tríada Superior a la cual pertenece por naturaleza, o bien si podrá victoriosamente reunirse con su “Padre que está en los Cielos”, el Mánas Superior en la Tríada, y llevarse consigo las experiencias de su última vida.
Debe entenderse, por supuesto, que estas posibilidades representan dos extremos y que, en el caso del hombre ordinario, el Mánas inferior aspirará parcialmente hacia arriba a la vez que tenderá parcialmente hacia abajo.
Los principios superiores: Atmá y Buddhi.
Atmá, de quien se dice es el espíritu en el ser humano, es la parte más abstracta de la naturaleza humana; es la única realidad que se manifiesta en todos los planos, de cuya esencia, todos nuestros principios son aspectos. La Existencia-Una-Eterna irradia, como Atmá, el verdadero Ser, tanto del universo como del ser humano, y se envuelve en Buddhi o la Intuición. Buddhi contiene en sí la materia del plano Búdico y es el principio del discernimiento espiritual. Atmá-Buddhi es un principio universal, pero requiere individualización para adquirir experiencias y alcanzar la conciencia de sí; por eso el principio mental se halla unido a estos dos más altos principios para formar el Ego.
El aura.
Todo ser humano está rodeado por una nube luminosa llamada aura, una porción sutil de materia fina que se extiende alrededor del cuerpo físico a una distancia de 50 a 75 centímetros. Es de forma ovalada y por eso, a menudo, se la llama “huevo áurico”; no tiene contornos bien definidos pues se esfuma gradualmente en la nada. Parte del aura más desarrollada en un santo se muestra como un círculo de rayos alrededor de la cabeza y se le llama “aureola” o “gloria”.
No solamente alrededor del cuerpo humano, sino asimismo alrededor de animales, árboles y minerales, se puede ver el aura como una nube de luz, circundándolos o emanando de ellos, aunque menos extensa o compleja que la del ser humano. El aura humana consta de materia en diferentes estados; cinco de sus partes componentes son visibles para el ojo del clarividente, siendo cada una, por así decirlo, un aura por sí misma que ocuparía todo el espacio si las otras cuatro auras fueren retiradas.
La primera, llamada el aura de salud debido al hecho de que su condición se afecta grandemente por la salud del hombre físico; está compuesta puramente de materia física muy fina siendo de un débil blanco azulado, casi sin color. En un ser humano lleno de salud es de apariencia estriada con numerosas líneas rectas irradiando del cuerpo en todas direcciones, pero durante la enfermedad se deforman y aparecen confusas y languidecen como los pistilos de flores marchitas.
La segunda se llama el aura pránica porque consta de materia de Prana especializada, irradiando constantemente del cuerpo en todas direcciones y tiene un matiz azulado pálido aunque la Prana que circula por el cuerpo tiene un color rosa. Al aura pránica también se la llama aura magnética. La tercera aura es la que expresa deseo, es el campo de manifestación de Káma; de ella se forma el cuerpo astral que puede viajar por el mundo astral durante el sueño del cuerpo físico. Hay muy poca permanencia en sus manifestaciones, ya que sus colores, brillos y tipo de vibración están cambiando a cada momento.
La cuarta aura es la del Mánas inferior, la manifestación de la personalidad; de ella se forma el cuerpo mental del hombre ordinario. Se usa también para formar el máyavirupa, un cuerpo que funciona en el plano mental pero que permite a su ocupante ponerse en contacto al propio tiempo con el plano astral. En esta aura se pueden ver rayos de espiritualidad e intelectualidad.
La quinta aura es la del Manas superior o Individualidad, no distinguible alrededor de cada persona, de inconcebible belleza; de hecho es el cuerpo causal o vehículo del Ego que reencarna y demuestra, por su condición, el grado de su adelanto desde la individualización. Las auras no son meras emanaciones, constituyen manifestaciones o expresiones del hombre en diferentes planos. Existen una sexta y una séptima auras, pero no se cuenta con información, por ahora, sobre ellas.
Dora van Gelder Kunz nació en 1904 con facultades clarividentes, entrenada más tarde por C.W. Leadbeater. Ella estuvo dedicada muchos años al trabajo de investigación en medicina y técnicas curativas, que le llevaron a desarrollar junto con la Dra. Dolores Krieger una técnica que llamaron Toque Terapéutico, que es una modalidad curativa usada hoy por millares de enfermeras en muchos países.
La señora Kunz fue presidenta de la Sociedad de Teosófica en Estados Unidos desde 1975 a 1987. |
Capítulo V.
La reencarnación
La reencarnación es el renacimiento, el descenso del alma humana a sucesivos cuerpos físicos. Cada ser deberá pasar por muchas vidas, volviendo a la tierra una y otra vez y habitando, en cada ocasión, en diferente cuerpo terrenal, de acuerdo con la Ley de Karma, según la cual cada uno cosecha lo que hubiere sembrado en previas vidas.
Significado y objeto de la reencarnación
Por lo que hace a la etimología de la palabra (re, otra vez, in, en caro-carnis, carne) reencarnar significa “repetidas entradas en envolturas carnales o físicas” e implica la existencia de algo relativamente permanente que entra en algo relativamente impermanente. El hombre es una inteligencia espiritual revestida de cuerpos de materia. Esa inteligencia, que debe desplegar todos sus poderes y divinas capacidades, se desarrolla por descensos hacia la tosca materia, ascendiendo después con los resultados de las experiencias así obtenidas. Es el Ego, es decir, el quinto principio, Manas (actividad), con los dos principios superiores, Buddhi (Sabiduría) y Atmá (Voluntad), que toma diferentes cuerpos, si bien su residencia natural son las regiones más elevadas y espirituales. Aun no manifiesta la divinidad y debe aprender a dominar la materia mediante largas experiencias y muchas lecciones. En cuanto ha sido asimilada la experiencia de una vida, regresa a la tierra por otra vida a fin de progresar más.
Los hechos no se alteran por nuestro desagrado de la existencia o por falta de comprensión del propósito de la misma. Si en el mundo fuesen desconocidos los pesares y la aflicción, ¿acaso no sería un cruel sufrimiento el abandonar esta tierra de bienaventuranzas a la hora de la muerte, y no sería, entonces, bienvenida la reencarnación? Por tanto, lo que desagrada no es la reencarnación sino las pruebas y sufrimientos de la vida terrenal. Pero las dificultades y pesares nos traen experiencia, nos enseñan algunas de las más grandes lecciones de la vida y nos compelen a desarrollar poderes que, de otra manera, jamás entrarían en actividad. Según se explicará, nosotros cosechamos lo que sembramos; sufrimos en la presente vida a causa de errores en las pasadas; y nadie más que nosotros mismos puede causarnos sufrimiento.
El olvido de las vidas pasadas.
Una persona puede sufrir enfermedades, ignorando las condiciones bajo las cuales sembró en su cuerpo los gérmenes de aquellas; pero la recta secuela de causa y efecto no se altera por su ignorancia. En el Universo no existe tal absurdo de un efecto sin una causa responsable.
Por otra parte, el olvido de los errores no destruye sus consecuencias, así como, el no recordar las buenas acciones, no impide al hombre gozar del fruto de las mismas. De hecho el hombre real, el Ego, no olvida sus malas acciones. El Ego que creó el Karma cosecha el Karma.
En primer lugar, anotemos el hecho de que olvidamos de nuestra vida actual más de lo que recordamos. No recordamos cuando aprendimos a leer, pero el hecho de que podamos leer demuestra el aprendizaje. Evitamos que el fuego nos queme, pero no recordamos la ocasión particular en que por primera vez nos quemamos y aprendimos la lección. Además, estos acontecimientos no están por completo olvidados; se hallan sumergidos, no destruidos, y pueden ser extraídos de las profundidades de la memoria, pueden ser recobrados del subconsciente de una persona si se la pone en trance mesmérico. Si este olvido es un hecho, tratándose de experiencias por las que pasamos en nuestro cuerpo actual, ¿cómo esperar que nuestro cerebro actual recuerde experiencias en las que ni él ni el cuerpo tuvieron participación alguna? Nuestros cuerpos causal y superiores permanecen con nosotros a través de toda la serie de encarnaciones, pero los cuerpos físico, astral y mental se desintegran tras cada encarnación; y cuando al iniciar una nueva existencia nos recubrimos de tres cuerpos mortales, estos nuevos cuerpos reciben, de la inteligencia espiritual que reencarna, no las experiencias detalladas del pasado, sino las cualidades, tendencias y capacidades obtenidas de aquellas experiencias; y nuestra conciencia, nuestra respuesta instintiva a los llamados emocionales e intelectuales, nuestro asentimiento a principios fundamentales de bien y mal, son vestigios de pasadas experiencias.
¿Qué son las facultades innatas si no un recuerdo inconsciente de asuntos bien dominados en el pasado? Y aquí tenemos una prueba de la exactitud de la idea de Platón, acerca de que todo conocimiento es una reminiscencia. Habiendo aprendido bien alguna ciencia, por ejemplo las Matemáticas, en esta vida, y habiéndola olvidado durante años, podemos aprenderlas de nuevo rápidamente, puesto que no sería más que repasar un asunto bien conocido. De igual manera, cuando comprendemos y aplicamos prontamente una filosofía, o cuando llegamos a dominar un arte sin mucho estudio, la memoria de las vidas pasadas está allí en acción aunque los hechos del aprendizaje se hayan olvidado. Y así sucede que una persona que hubo estudiado Ocultismo en una vida anterior, y llega a ponerse en contacto con la Teosofía en esta vida, la acepta inmediatamente, como quien reanuda una antigua relación, y hace rápidos progresos; en tanto que otra que por vez primera la estudia en esta vida no adelanta gran cosa.
Por otra parte, el recuerdo de vidas pasadas se manifiesta, en ocasiones, en niños que tienen fugaces visiones de su vida anterior y que rememoran algunas veces muchos detalles, especialmente si perecieron de muerte violenta en su última encarnación. Sin duda alguna tal recuerdo se puede lograr, pero ello requiere firme esfuerzo y prolongada meditación para controlar la siempre inquieta mente y tornarla sensitiva y fiel al llamado del Espíritu manifestado como un Ego, único que almacena todos los recuerdos del pasado; entonces se recuerdan las escenas de anteriores vidas, se reconocen los antiguos amigos, se ven los antiguos lazos. El hecho es que el Ego ha pasado por todos esos eventos y, en el mundo célico, después de la muerte, ha elaborado, de sus experiencias, facultades y carácter, intelecto y conciencia. Pero solamente cuando un hombre alcance la memoria del Ego y llegue a unificarse con él conscientemente, podrá recordarlo todo en su nuevo cerebro.
Ningún cerebro puede conservar con todos sus detalles el recuerdo de acontecimientos de numerosas vidas pasadas, y aunque pudiese, siendo meros detalles, no valdrían la pena de ser tomados en consideración por quien tiene que actuar bajo el acicate del momento.
La reencarnación y las leyes de la herencia.
Al suministrar cuerpos físicos, los padres estampan en ellos su marca de fábrica, y así, las moléculas del cuerpecito infantil traen consigo el hábito de vibrar de cierto modo definido. De esta manera es como se trasmiten al niño las enfermedades hereditarias, así como las pequeñas manías o extravagancias.
Pero la transmisión de semejanzas y peculiaridades mentales y morales es verdadera hasta cierto límite y nunca hasta la extensión que se supone. Los padres suministran los átomos físicos así como los etéreos, y los elementos kámicos, los cuales, actuando sobre las moléculas del cerebro, confieren al niño las características pasionales de los padres, modificando en parte las manifestaciones del ego del niño. Si bien la Reencarnación admite todas estas influencias paternales en la criatura, va más lejos al afirmar que existe una acción del ego por completo independiente, la tendencia inherente a su naturaleza, dando así una explicación plena de las diferencias lo mismo que de las semejanzas. La herencia puede explicar solamente las semejanzas y no las diferenciaciones.
Además, si bien la ley de herencia explica la evolución de los cuerpos, no arroja luz sobre la evolución de la inteligencia y de la conciencia, y las últimas deducciones demuestran que las cualidades adquiridas no son trasmisibles y que el genio a menudo es estéril.
Hay circunstancias de peso, que se oponen a la Ley de Herencia y que son fácilmente explicadas por la Reencarnación, como los siguientes casos que demuestran lo inadecuado de influencias meramente hereditarias:
1.-Hijos de los mismos padres que no son igualmente inteligentes ni de las mismas tendencias morales.
2.-Comparando las vidas de los gemelos se observa que dos individuos nacidos bajo condiciones precisamente idénticas y teniendo exactamente la misma herencia, a menudo difieren grandemente en lo físico, en intelecto y en carácter.
3.-Las grandes diferencias de carácter y de inteligencia que pueden existir entre padre e hijo a pesar de su parecido físico.
4.-El nacimiento de genios en circunstancias humildes y hasta vulgares, lo que irrefutablemente prueba que el alma individual sobrepasa las sujeciones del nacimiento físico.
5.-Hijos mediocres nacen de padres muy cultos, lo que demuestra la falta de adaptación de la influencia hereditaria en las capacidades y poderes mentales y morales.
6.-Hijos perversos que nacen de padres santificados.
7.-Hijos santificados que nacen de padres disolutos.
8.-Grandes genios morales como el Buda, Zoroastro, Jesús, etc., cuyo nacimiento no puede ser explicado por la herencia.
9.-Instintos musicales o tendencias artísticas en un hermano, mientras el otro ni siquiera tiene una elemental noción del Arte.
Todos estos casos pueden ser explicados satisfactoria y fácilmente por la reencarnación.
Necesidad lógica, científica y moral para la reencarnación.
Necesidad lógica de la reencarnación
La reencarnación es una necesidad lógica ya que sin ella, sin nada que satisfaga la razón, la vida sería un desesperante enigma.
¿Hay algún propósito para nuestra vida entre la cuna y la tumba? ¿Nos preparamos de alguna manera a nosotros mismos, o no, para la vida después de la muerte? Si existe una vida de bienaventuranza allende la tumba, debe merecerse de algún modo, ya sea por resistir a la tentación o por un positivo bien obrar. Si se requiere un esfuerzo para ganar la vida celestial, ¿cómo explicar el caso de una criatura que muere en la infancia sin haber tenido oportunidad de hacerlo? Se diría que ella, no habiendo causado mal alguno, entra luego al cielo. En tal caso parece duro para otros tener que pasar una larga vida de tentaciones y peligros, corriendo el riesgo de ir por último al infierno; por lo cual, si aquello fuese así, la plegaria de las madres debería ser, no que su recién nacido viva y crezca, sino que muera inmediatamente. Ahora bien, si el resultado fuere el mismo, esto es, si llegaren al cielo tanto la criatura que perece en la infancia, cuanto el hombre bueno que alcanza una vejez madura, entonces la vida es una especie de trampa, peor que inútil, ya que está llena de miseria y dolor innecesario. Por otra parte, si la vida celestial debiera lograrse por el esfuerzo individual, habría que dar iguales oportunidades a todos. Pero vemos que no es así, puesto que todos nacen diferentes, con distintos poderes, capacidades y oportunidades, en medio de circunstancias y ambientes diversos, uno como salvaje, o criminal congénito, en tanto que otros vienen dotados de buenas tendencias y favorables oportunidades. Ni podría esperarse poco de uno y mucho de otro, pues ello equivaldría a admitir que esta vida es innecesaria y que es justo que el uno deba llevar aquí una vida de ignorancia y sufrimiento, y el otro una vida de goce o de refinamiento, y sin embargo cosechar ambos el mismo resultado. Ni bastaría afirmar que el primero recibirá una recompensa mayor en el cielo, a causa de sus mayores dificultades aquí; pues entonces podría el otro exigir para él, también, una oportunidad semejante a fin de alcanzar la mayor exaltación posible.
Todos estos problemas parecen de difícil solución, a no ser por la teoría de la reencarnación que todo lo vuelve inteligible.
Además, si la reencarnación no fuere un hecho, ¿qué objeto tendrían las cualidades que con tanto esfuerzo y dificultad adquirimos aún en una sola vida? Un hombre revela mayor sabiduría cuando llega a su vejez, pero muere en cuanto es de mayor utilidad y valer; si acaso se salvase o condenase irremisiblemente sería llevado a mundos en los cuales habría de ser inútil para siempre aquel conocimiento adquirido a fuerza de tantas y variadas experiencias; de ser así, toda la vida humana carecería de razón de ser. Pero la reencarnación explica que el ser humano renace con aquellas cualidades ya formando parte de su carácter, por lo cual nada se perdió. Por consiguiente, mientras más se aplican los puntos de mira lógicos y razonables, más inevitable parece ser la reencarnación.
Necesidad científica de la reencarnación
Hay dos grandes doctrinas acerca de la evolución que se puede decir dividen al mundo científico. La primera es la enseñanza evolucionista de Charles Darwin; la segunda es la más moderna enseñanza de Weissman. Ambas doctrinas, importantes como son, requieren la enseñanza de la reencarnación para complementarlas; pues en ambas surgen ciertas cuestiones que solamente la reencarnación puede resolver.
Considerando la enseñanza evolucionista de Darwin a la luz más amplia posible, se presentan dos grandes puntos relacionados con el progreso de la inteligencia y la moralidad. Primero, la idea de que las cualidades son trasmitidas por los padres a la progenie y que por la acumulada fuerza de tal transmisión se desarrolla la inteligencia y la moralidad. A medida que la especie humana avanza paso tras paso, los resultados de su ascensión son transmitidos a su progenie, la cual, empezando por decirlo así desde la plataforma edificada por el pasado, es capaz de ascender más en el presente y trasmitir a su posteridad, ya enriquecido, el legado que recibiera.
En segundo lugar, a la par que esto, aparece la doctrina del conflicto, esto es, de aquello que se llama “la supervivencia del más apto”; de cualidades que capacitan a uno para sobrevivir y, por tal supervivencia, transmitir a la progenie aquellas cualidades que le confieran ventajas para la lucha por la existencia.
Ahora bien, estos dos puntos capitales, la transmisión de cualidades de padres a la progenie, y la supervivencia del más apto en la lucha por la existencia, son dos de los problemas que difícilmente se solucionan desde el ordinario punto de mira Darviniano. En efecto, por lo que hace al segundo punto ¿cómo evolucionan las cualidades morales y sociales? Seguramente que no a causa de la lucha por la existencia. Las cualidades que son humanas por excelencia, a saber, la compasión, el amor, la simpatía, el sacrificio del fuerte para la protección del débil, la disposición de dar uno su vida por el provecho de otros, son las cualidades que reconocemos como genuinamente humanas en contraposición a las que compartimos con los brutos. Mientras más cualidades de aquellas se manifiestan en el hombre, más humano se le considera. Pero, quienes se sacrifican a sí mismos, mueren. ¿Cómo podremos explicar el crecimiento, en el hombre, del espíritu de auto-sacrificio, el aumento continuo de cualidades tan divinas que incapacitan al ser para la “lucha por la vida”?
Quienes hayan estudiado las obras de Darwin saben que esta cuestión no se dilucida allí por completo: más bien se la evade que definirla. La reencarnación nos da la respuesta; en la vida interminable ya sea del animal o del hombre, el auto-sacrificio hace surgir en el carácter un nuevo poder, una nueva vida, una fortaleza compelente, la cual reaparece para bien del mundo, una vez y otra, en manifestaciones más y más elevadas; si bien la forma de la madre perece, el alma de la madre sobrevive y vuelve a la tierra de tiempo en tiempo; quienes han poseído tales almas de madre se entrenaron primero en el reino de los brutos y luego en el de los humanos, de tal suerte que lo ganado por el alma al tiempo del sacrificio del cuerpo, reaparece al reencarnarse el alma para bendición y exaltación del mundo. Y así cada mártir que muere por la verdad, cada héroe que sacrifica su vida por su país, cada médico que pierda la existencia en lucha contra alguna terrible enfermedad, cada madre que se inmola por su criatura, vuelven a la tierra mejorados por el sacrificio, con aquella noble cualidad entretejida en la propia naturaleza de su alma, y cosechan los resultados del auto-sacrificio en un mayor poder para ayudar al mundo.
Ahora, por lo que hace al primer punto, es decir, la transmisión de cualidades, Weissmann ha establecido dos hechos fundamentales; primero, la continuidad de la vida física (y ya se verá que, para ser completa, necesita la continuidad de vida intelectual y moral). La razón para esto, según la línea seguida por Weissmann, es su segundo hecho fundamental, el de que las cualidades mentales y morales y otras que se adquieren no son transferidas a la progenie, que solamente podrían serlo en caso de haberse elaborado lentamente y por grados en la propia contextura del cuerpo físico de los descendientes. No siendo transmisibles las cualidades mentales y morales, ¿dónde radicaría la razón para el progreso humano a menos que, lado a lado con la continuidad del protoplasma, tuviéramos la continuidad de un alma en desarrollo evolutivo?
Tal continuidad de alma en evolución es también necesaria porque, paralela a la misma teoría, y respaldada, como lo está, por los hechos observados, encontramos que mientras más fino es el organismo, mayor es su tendencia a la esterilidad o hacia una gran limitación en el número de descendientes. De hecho, es ya un aforismo entre los científicos que “el genio es estéril” significándose con ello, en primer lugar, que un ser genial no tiende a aumentar la raza y, en segundo lugar, que, aunque el hombre de genio tenga un hijo, éste no demuestra poseer la cualidades del genio, generalmente es un ser ordinario y hasta con tendencias a actuar por bajo el nivel medio de sus tiempos.
Hay dos tipos especiales de genio: el del intelecto puro o de la virtud. Y el del arte. Este requiere la cooperación del cuerpo físico. Poco o nada exige el primero de la herencia física; pero no podríamos tener un gran genio musical a menos que llevase aparejado un cuerpo físico especializado con su delicada organización nerviosa, la finura de su tacto y la agudeza de su oído. Estos factores físicos se requieren a fin de que el genio musical pueda expresar su más elevada fase; ahí precisa la cooperación de la herencia física. Cuando leemos la biografía de un genio musical generalmente encontramos que nació en el seno de una familia de músicos; que durante dos o tres generaciones antes de la aparición del gran genio, la familia en la cual nació se había distinguido por su talento musical; y que, cuando el genio aparece, el talento musical muere y la familia se esfuma en el marco ordinario de la gente vulgar. La floración de la familia es el genio; pero este no transmite su genio a la posteridad.
Ahora bien, estos problemas y enigmas de la herencia encuentran su explicación razonable en la enseñanza de la Reencarnación. Un genio musical necesita un cuerpo especializado que nazca en una familia musical bajo las leyes de herencia; pero, como ya se explicó, tal ley surte efectos sólo para el cuerpo físico, pues el carácter mental y moral no es transmisible. Y no viene el genio al mundo creado repentinamente por Dios, o como un mero juego de la naturaleza o a resultas de algún afortunado accidente; viene por las cualidades que gradualmente ha desarrollado luchando en el pasado. En la base de la escala humana de progreso está el ínfimo salvaje; en la cima de tal escala se hallan el más grande santo y el más noble intelecto, genios lentamente creados por grados, producidos a fuerza de innumerables luchas, por sus fracasos y sus victorias, por lo malo y por lo bueno. Los males del pasado son las gradas por las cuales asciende el hombre hasta la virtud, de tal modo que, aun en el más degradado criminal contemplamos la promesa de la divinidad. También él ascenderá hasta donde se halla el santo y en todos los hijos de los hombres Dios se revelará al fin.
Esto explica por qué debe haber progresado el hombre, aunque tenga razón Weissmann al decir que las cualidades adquiridas no son transmisibles; pues esta cualidades mentales y morales no constituyen un don del padre: son los trofeos de victoria duramente ganados por el alma individual, y cada alma vuelve a nuevo nacimiento en un cuerpo nuevo, con los resultados de sus vidas anteriores como base de su trabajo para la presente.
Y así, la reencarnación con sus lecciones en la evolución de la vida, llena los vacíos que deja la teoría científica y hace comprensible el progreso del carácter y de la inteligencia paralelamente al de la evolución de la forma.
Necesidad moral de la reencarnación.
Este es el argumento más poderoso para la reencarnación ya que, de otra manera, no podría haber Justicia Divina ni amor en este universo. Ya se ha demostrado que las otras dos posibles explicaciones para las desigualdades humanas, a saber, la herencia y la creación especial, carecen de razón. Un ser nace deforme, el otro es un atleta. ¿Por qué? Uno es idiota de nacimiento, el otro un genio dotado de brillantes poderes intelectuales; uno magnánimo, el otro avaro y mezquino. ¿Por qué? Si Dios es autor de tales diferencias, ello implica injusticia y desesperanza irremediable. Nace un alma en algún arrabal, de una meretriz y de un borracho; de niño nada aprende sino crímenes y maldiciones, se le obliga a robar para alimentarse, nada sabe de bondad o de amor; de hombre se convierte en criminal consuetudinario hasta que algún día, en estado de ebriedad, acomete a un semejante suyo y lo mata. Se envía a la horca. ¿A dónde irá después de la muerte? Para el cielo es demasiado pecador, en tanto que no sería justo enviarlo al infierno, puesto que no tuvo una sola oportunidad de regeneración en toda su vida. Nace otra alma en el seno de una familia refinada y es cuidadosamente criada por sus amorosos padres. Se le impulsa a la virtud y se le da esmerada educación. Durante toda su vida recibe homenajes y elogios hasta por cosas que no hizo, y muere después de una existencia llena de utilidad y de gloria. ¿Qué hizo para merecer todo esto? Si cada una hubiere sido producto de una creación especial, con un cielo o un infierno sempiternos subsiguientes a la muerte, ¿dónde estaría la Divina Justicia? ¿Acaso no tendría derecho el criminal para reclamarle a dios, ¿por qué me hiciste así?
Pero la reencarnación restaura la justicia a Dios y el poder al hombre y explica que el criminal es un alma joven aún, no desarrollada, un salvaje que ha aparecido en la corriente evolutiva, con posterioridad a otra alma de más experiencia, con muchas vidas tras de sí; que ambos son el resultado de su pasado y que las diferencias entre ellos sólo son de edad y crecimiento.
La filosofía de la Reencarnación es más antigua que la más remota antigüedad atribuida al mundo, puesto que es el corolario indispensable de la inmortalidad del alma. La Reencarnación se menciona en las grandes epopeyas de los hindúes como un hecho innegable en el cual se basa la moralidad. Indiscutiblemente los egipcios enseñaban esta doctrina y su concepto de ella, conforme la interpretación sacerdotal, se muestra en el clásico “Libro de los Muertos”, una de sus principales Escrituras, que describe la ruta seguida por el alma después de la muerte, copia del cual se depositaba en cada ataúd. En la antigua fe persa, apenas se la percibe en los escritos hoy existentes del “Avestá”, cuya mayor parte se perdió irremisiblemente, si bien hay un pasaje en el “Vandidád” (el más ortodoxo de los libros Zoroastrianos) que se refiere a la doctrina de la transmigración de la vida animal. El Buda la enseñó constantemente, hablando de sus anteriores nacimientos. Entre los remanentes de las antiguas razas del continente americano, esparcidos aquí y allá, se encuentra ocasionalmente dicha creencia como por ejemplo, entre los indios Zuni. Los hebreos de hoy parece que no aceptan la reencarnación, si bien se alude a ella en la Kábala, pues la creencia que antaño se tenía de ella, surge en esta o aquella página de dicha obra. En la “Sabiduría de Salomón” se afirma que el nacer en un cuerpo sin lacra era la recompensa de “ser bueno”. Algunos pocos millares de quienes son reconocidos como cristianos creen ahora en ella, si bien el sistema cristiano actual la rechaza, por más que el Cristo la aceptó cuando dijo a sus discípulos que Juan el Bautista era Elías. Orígenes, el más instruido de todos los Santos Padres Cristianos, declaró que “Cada hombre recibe un cuerpo de acuerdo con sus merecimientos y sus previas acciones”. Los Sufíes Mahometanos también sostienen tal creencia.
Factores que determinan el nacimiento de un ser.
Hay tres factores principales:
El primero es la Ley de Evolución que impulsa al hombre hacia circunstancias dentro de las cuales pueda él desarrollar más fácilmente las cualidades que necesita. Cada ser tiene que llegar a la perfección por el desarrollo de todas las divinas posibilidades que se hallan latentes en él; pues el objeto de todo el esquema es este desarrollo. Para tal propósito se le guía precisamente a aquella raza o subraza que, mediante sus condiciones y ambiente, sea la más adecuada para desarrollar dentro de él las cualidades especiales que le falten.
Pero la acción de esta Ley se halla limitada por la Ley del Karma, o sea la ley de Causa y Efecto. Si un hombre ha creado karma para sí, que le produzca limitaciones, tendrá que avanzar sin las mejores oportunidades posibles y contentarse con las que hubiere a su derredor. En tal caso nuestras propias acciones pasadas son las que restringen el libre juego de la ley de Evolución.
El tercer factor que limita aún más la acción de la Ley de Evolución es la influencia del grupo de Egos con los cuales haya él formado fuertes lazos de afecto o de odio en vidas anteriores. Su relación con tales egos, a quienes tendrá que encontrar debido a sus anteriores conexiones, es un factor importante, que actúa para bien o para mal en la determinación de su nacimiento próximo.
Por supuesto, es filosóficamente cierto decir que un hombre consigue siempre las mejores oportunidades, ya que obtiene las condiciones más apropiadas para su imperfecto carácter, las necesarias para quitarle defectos. Es lo mismo que en las escuelas, donde no podemos dar a un alumno muy joven el mejor libro de texto, porque no lo podría comprender ni aprovecharse del mismo, por ser enseñanzas muy elevadas para él.
Capítulo VI.
EL KARMA
Karma significa, literalmente, acción. La acción es la forma externa de un pensamiento y un deseo, y, en el propio instante de cumplirse ese deseo, da nacimiento a un nuevo pensamiento y deseo, formando los tres un círculo perennemente renovado. La relación de estos tres, como “acción” y los interminables entrelazamientos de tales acciones como causas y efectos, se hallan todos incluidos en la palabra KARMA, que es una sucesión de hechos reconocida en la Naturaleza, es decir, una Ley. Por los cuales, Karma se llama la Ley de Causación o Ley de Causa y Efecto; es la Ley de una fuerza y de los resultados por ella producidos. Esta fuerza puede actuar en el plano físico o mundo del movimiento, en el astral o mundo del sentimiento, y en el mental o mundo del pensamiento.
Aspirar, soñar, planear, pensar, sentir, actuar, todo esto significa poner en movimiento fuerzas de los tres mundos; y, de acuerdo con el uso hecho por el hombre de tales fuerzas, crea buen karma o mal karma, al ayudar o perjudicar a otros. Puesto que es él una unidad en una humanidad de millones de individuos, y no una individualidad aislada, cada pensamiento, o sentimiento, o acción suya, afecta a sus semejantes en proporción a la proximidad de cada uno a él como distribuidor de fuerza. Cada vez que hace uso de tales fuerzas, ya sea para auxiliar o para dañar al todo, del cual es una parte, le trae un resultado, esto es, una reacción resultante de su acción sobre los demás.
Debemos comprender que la Ley del Karma no es una regulación artificial establecida por alguna autoridad externa, sino que se trata de una ley natural, no establece penas ni condenas, sino que establece sólo una invariable secuela de condiciones; dada cierta condición, invariablemente seguirá tal otra condición; y la consecuencia jamás varía. A la primera condición se le llama CAUSA, a la segunda el EFECTO.
No tiene una ley natural carácter alguno de mandato; nos deja en libertad para elegir, pero señala tales o cuales resultados que inevitablemente sucederán como consecuencia de nuestra elección; y sea cualquiera la condición que hubiéramos elegido, debemos aceptarla con su inevitable secuela. Esta ley es invariable; y la invariabilidad de la ley no ata, libera. La ciencia demuestra que el conocimiento es condición de libertad, y que solamente en la medida de su conocimiento puede el hombre alcanzar predominio: la naturaleza se conquista por la obediencia. Lo que un hombre cosecha, eso sembró en el pasado.
En la materia tan fina de los mundos superiores, la reacción de ninguna manera es instantánea, a menudo transcurren largos períodos de tiempo, pero se presentará inevitable y exactamente.
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2. CÓMO LLEGAR A SER EL DUEÑO DE SU PROPIO DESTINO –
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LOS TRES HILOS DE LA CUERDA DEL DESTINO.
Hay tres leyes subsidiarias de la Ley General de Karma; y para modelar nuestro propio futuro se requiere un conocimiento del método de aplicación de ellas. Los “tres hilos de la cuerda del destino” son:
1. El pensamiento crea el carácter,
El carácter de un hombre es la totalidad de sus cualidades morales y mentales. “Hombre” significa “El Pensador”, por tanto, tal y como un hombre piensa, así es.
La razón de estos hechos es que cuando la mente se ocupa de un pensamiento particular, se establece en la materia un tipo definido de vibración, y, mientras mayor sea la frecuencia con que se origina esta vibración, adquirirá mayor tendencia a repetirse automáticamente en la materia del cuerpo mental, hasta que llega a constituir un hábito.
Para crear un hábito de pensamiento, deberá el hombre elegir una cualidad deseable (una virtud, una emoción), y pensar entonces persistentemente en ella. Deberá meditar deliberadamente en ella todas las mañanas por algunos minutos, y persistir en aquella creación mental hasta que se forme un hábito y se haya creado la virtud dentro de su propio carácter, lo cual se efectúa especialmente cuando pone él en práctica el pensamiento en su vida diaria. En vidas anteriores creó el carácter con que nació en esta vida, y ahora está creando el carácter con el cual morirá, y con el que renacerá; y el carácter es la parte más importante del karma. Las aspiraciones elevadas de una vida, florecen como capacidades en la siguiente; y una voluntad decidida de servicio inegoísta, tiene como resultado la espiritualidad.
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El deseo crea las oportunidades y atrae los objetos,
La voluntad es la energía del YO, una concentración interior que impulsa a la acción. Cuando tal energía es atraída por objetos exteriores que nos acarrean placer o sufrimiento, se la llama DESEO. Entre el deseo y el objeto deseado hay un lazo magnético, y nuestro deseo atrae hacia nosotros lo que deseamos, así como el imán atrae y retiene el acero dulce. Puede haber obstáculos o dificultades, pero inevitablemente aquel deseo se cumplirá, a veces en la misma vida, a veces en alguna de las posteriores.
El deseo lo dirige a uno hacia el lugar donde puede obtenerse el objeto deseado, y ésta es una de las causas que determinan el lugar de nuestra nueva reencarnación. Vemos, pues, cómo el deseo une al que desea y a lo deseado, es decir, crea las oportunidades y acerca lo objetos.
Por tanto deberíamos ser muy cuidadosos respecto a lo que deseamos, y deberíamos asimismo poner a prueba el valor del objeto deseado, pues inevitablemente vendrá a nosotros más tarde y podría entonces parecernos como cenizas en la boca.
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La acción crea las condiciones del medio ambiente.
Las acciones son resultado de nuestros anteriores pensamientos y deseos, y el karma de la mayor parte de ellas queda agotado cuando se ejecutan, si bien nos afectan indirectamente porque dan origen a nuevos pensamientos y deseos. La labor de este “hilo” introduce en nuestro destino felicidad externa o desgracia externa. En la medida que un hombre hubiere hecho físicamente dichosas o físicamente infelices a otras personas, cosechará kármicamente, de su acción, circunstancias físicas favorables o desfavorables, que le aportarán felicidad o sufrimiento físico.
Por consiguiente, la reacción de nuestros pensamientos sobre nosotros mismos es la adquisición de carácter y de facultades; la reacción de nuestros deseos sobre nosotros mismos es la consecución de oportunidades, de objetos y de poder; la reacción de nuestras actividades sobre nosotros mismos es nuestro medio ambiente, las condiciones y circunstancias, los amigos y enemigos que nos rodean. Traemos con nosotros al nacer, dos partes de nuestro Karma: nuestro carácter mental y nuestro carácter emocional, y nacemos en la tercera parte, o sea nuestro medio ambiente, incluyendo nuestro cuerpo físico. Y así el hombre es el creador y modelador de su futuro, el “arquitecto de su propio destino”.
La Ley de Karma es como toda otra ley de la Naturaleza: ata al ignorante y da poder al sabio; no es una fuerza compelente, sino habilitante; y establece que, si bien estamos ligados por lo que ya hemos hecho en el pasado, podemos, en cualquier momento, modificar y modelar el futuro por la elección que hagamos; y que el esfuerzo diligente en el ahora es superior al destino o a los resultados de nuestro pasado.
Nuestro Karma es de naturaleza mixta, no una corriente que nos arrolla, sino algo constituido por pequeñas corrientes que van en diferentes direcciones, neutralizándose a veces unas a otras, con un resultado neto extremadamente pequeño. Y así, como en la balanza del Karma no están todos los pesos en un solo platillo, y como se encuentran tales pesos casi balanceados, la presión de un dedo puede hacer oscilar la escala; y aunque algunos de nuestros antiguos pensamientos, deseos y acciones estén de parte nuestra y otros en contra nuestra, por el esfuerzo actual que hagamos, podemos inclinar la balanza hacia el lado que queramos y conquistar así nuestro pasado. Debemos aspirar a cosas algo mayores que las que creemos poder efectuar, y la fuerza kármica adquirida en el pasado vendrá en nuestra ayuda; y aunque fracasemos, el poder que desarrollemos pasa al repositorio de nuestras fuerzas; y así el fracaso de hoy es la victoria de mañana.
4. LO INEVITABLE Y EL LIBRE ALBEDRÍO.
Tan sólo el Uno se halla absolutamente libre. El hombre es relativamente libre dentro de limitaciones que él mismo se ha impuesto; y si bien es impotente para detener la marcha de la evolución, sí puede trabajar él a favor o en contra de esta Ley evolutiva , apresurando o retardando su propio progreso dentro de ciertos límites, según su voluntad. Por el ejercicio de su libre albedrío se ha creado necesidades para sí; por la repetición de acciones bajo la guía de su propia voluntad se ha creado costumbres, ambas son, o llegan a ser, limitaciones.
A través del pensamiento, del deseo y de la acción, el hombre se encuentra encadenado desde el interior por estos tres hilos del destino, de los que ya hemos hablado; pero entre todas estas ligaduras internas o externas, él permanece siendo la divinidad libre; puede ejercitar su libre albedrío a pesar de que al hacerlo se encuentre impedido por las cadenas internas que él, voluntariamente, ha asumido con la idea de experimentar los fenómenos de los planos densos así como por las ligaduras externas que él ha forjado en sus luchas con la más densa materia.
Todas nuestras circunstancias son el resultado de nuestro karma, el cual crea necesidades para nosotros, pero, a pesar de hallarnos limitados por estas cadenas que nos impusimos, podemos modelar el futuro, y si bien no nos es posible trascender súbitamente los límites, si podemos extenderlos gradualmente, hasta que adquirimos para nosotros mismos una libertad prácticamente ilimitada en dirección hacia el bien. La ignorancia es la causa del encadenamiento, al paso que el conocimiento nos trae la liberación y el libre albedrío, ya que mediante la sabiduría es como el hombre se conoce como uno con la Divina Vida, y actúa cono un agente libre y responsable en armonía con la Divina Voluntad.
CÓMO LLEGAR A MOLDEAR EL PROPIO KARMA
En primer lugar deberíamos examinar los “tres hilos del destino” ya explicados. Inspeccionar cuidadosamente nuestro Haber, sus facultades y cualidades innatas, ya sean buenas o malas, sus poderes y debilidades, sus oportunidades presentes y su actual medio ambiente. Entonces deberíamos seleccionar las cualidades que conviene fortalecer y ponernos manos a la obra para modificar nuestro carácter, considerando las cualidades, una por una y utilizando el poder mental para adquirirlas, sin pensar jamás en las debilidades, sino en las potencias correspondientes; y así, pensando en aquello que deseamos ser, gradualmente, pero de manera inevitable bajo el funcionamiento de la Ley, llegaremos a ser lo que realmente queremos ser.
Si cometemos errores, podemos modificarlos poniendo en juego fuerzas neutralizadoras. Y así, al enviar un fuerte pensamiento de amor inmediatamente después de haber cometido el error de emitir un pensamiento de odio, podrá contrarrestarse lo que de otra manera hubiera sido el inevitable efecto del odio, ya que “el odio sólo cesa por el amor”.
En segundo lugar, la naturaleza del deseo no puede ser cambiada por el deseo, sino por medio del pensamiento, creando formas mentales de la oportunidad que desea y fijar su voluntad en tales formas. Si una persona sufre el vicio de la gula y la glotonería, deberá pensar en los desastrosos efectos de tal vicio para que, refrenando así el deseo, pueda nacer dentro de sí, el disgusto por tal vicio.
El medio ambiente es lo más difícil de cambiar, puesto que se trata de las más densas formas de la materia, pero deberíamos de tratar de cambiar aquellas cosas de nuestro ambiente que puedan ser capaces de ser cambias mediante un tenaz esfuerzo de nuestro voluntad, aceptando aquello que no puede ser cambiado como una oportunidad única de aprendizaje para poder adquirir virtudes como la paciencia, la fortaleza, la compasión y el perdón hacia todos aquellos que nos rodean. Así, laborando bajo el libre albedrío y la necesidad, podremos modelar nuestro karma y crear nuestro futuro destino.
Capítulo VII.
LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE
1. ¿QUÉ SUCEDE DESPUÉS DE LA MUERTE?
El temor que el hombre siente hacia la muerte está inspirado, no tanto por la expectativa de algo terrorífico, sino por un confuso sentimiento de incertidumbre, por el horror a un abismo de ociosidad o a la negrura de la nada.
Pero la Teosofía nos da un relato preciso y exacto del proceso que espera al hombre después de la muerte. Una vez que ésta se produce, es posible que el hombre, que no se da cuenta inmediatamente de sus errores y por ello es incapaz de corregirlos a la luz de la verdad, pueda allegarle por ello el sufrimiento. El hombre ordinario, carente de conocimientos, está ligado en el astral por el “elemental-deseo” y, no comprendiendo las posibilidades que se le ofrecen tras su fallecimiento, pierde así muchas oportunidades de servicio y de progreso. Las leyes de la Naturaleza, lo sepamos o no, siempre nos acompañan y, el saberlo, nos comporta una considerable ventaja tras la muerte. Su comprensión es adquirir el poder de acelerar nuestra evolución.
La muerte no es otra cosa que nacer en otra región; es un proceso repetido de quitarse vestiduras, pues el hombre inmortal sacude de sí, una tras otra, las envolturas externas para pasar a un estado superior de conciencia.
Fuente "El espacio el Tiempo y el Yo" de Norman Pearson
2. LA SEPARACIÓN DEL CUERPO FÍSICO.
Durante el lento proceso de morir, el doble etéreo llevando consigo a Prana y a los principios superiores, va deslizándose fuera del cuerpo denso, al cual queda conectado por un hilo magnético. Al momento solemne de la muerte, aunque ésta sea repentina, la vida pasada desfila rápidamente en revista ante el Ego, hecho del que han dado testimonio aquellos a quienes se ha salvado de ahogarse. El Ego revive entonces toda su vida en estos pocos segundos antes de la muerte, cuando la personalidad, unificándose con el Ego omnisciente y pasando revista a la vida entera que desfila ante él en sus más mínimos detalles, con la cadena completa de causas y efectos, se contempla ya sin el engaño del “yo” y comprende el propósito de la vida. Por consiguiente, durante el lento proceso del morir, debería observarse en la cámara del moribundo una extrema quietud y control de sí a fin de no perturbar al Ego que está absorto en la contemplación de su vida pasada; y no debería permitirse ningún llanto ni lamentación que implique la idea de una egoísta pérdida personal. Lentamente el hombre se retira así del cuerpo físico, envuelto en el doble etéreo color gris-violeta, hasta que el hilo magnético se rompe. Entonces, se sume él en una pacífica inconsciencia mientras el doble etéreo flota sobre el cuerpo denso.
Después de algún tiempo, los cinco principios superiores se desenlazan del doble etéreo sacudiéndolo como antes fuera sacudido el cuerpo denso, dejándolo insensible como un cadáver, Prana regresa entonces al gran depósito de vida universal del que procede y al que pertenece. El hombre queda ahora residiendo en su cuerpo astral, listo para la vida astral. Es conveniente cremar los cuerpos para evitar que el hombre, en su cuerpo astral, se vea atraído hacia su cuerpo físico. Es importante destacar que la actitud que mantenemos en el momento de la muerte tiene una influencia fundamental en la composición posterior, a nivel de densidad, del cuerpo astral en el que tendremos que residir en el “kamaloka”.
3.LA ESTANCIA EN KAMALOKA.
La muerte no cambia a un hombre en modo alguno; éste sigue siendo el mismo en todo, excepto en haber perdido su cuerpo físico. A menudo no cree él que está muerto. Durante algún tiempo trata de persuadirse de que está soñando, pero gradualmente descubre que, después de todo, ya murió. Pero pronto aparece un protector astral o algún otro muerto bien instruido y aprenderá por él que no hay causa alguna de temor y que hay una vida razonable que puede vivirse en este mundo nuevo, lo mismo que en el que abandonó.
Pronto descubre que en este mundo astral los pensamientos y los deseos se expresan en formas visibles, compuestas, en su mayor parte, de la materia más fina del plano. Esto se hace más y más patente a medida que avanza su vida astral y que él se va retirando más y más dentro de sí mismo. Cada vez presta menos atención a la contraparte astral de los objetos físicos residentes en los planos inferiores del astral, siempre que no halla permitido que, fruto de su forma de vida en el plano físico o el temor exagerado a la muerte y el excesivo apego a los bienes materiales dejados atrás, halla provocado un excesivo enconchamiento de las moléculas astrales que hubieran permitido que el cuerpo astral, vehículo en el que reside la conciencia en Kamaloka, sea tan denso que impida el ascenso a los planos superiores del Astral. Si no permitimos que esto ocurra, el ego en kamaloka se ocupa cada vez más de la materia superior de la cuál se construyen las formas mentales y así, su vida se va transformando en una vida en el mundo del pensamiento. Todavía persisten sus deseos pero la felicidad o la contrariedad de su nueva vida dependerán principalmente de la naturaleza de esos deseos.
Toda la vida astral después de la muerte es un proceso constante y firme de retrotaerse el ego dentro de sí mismo, cuando a su debido tiempo llega el alma al límite de aquel plano, muere para él de la misma manera que murió para el mundo físico, es decir, desecha el cuerpo de la materia de aquel plano –astral- y lo deja tras de sí pasando a una vida más elevada y más plena en el mundo celeste.
4. HABITANTES DEL PLANO ASTRAL.
Humanas |
Humanas |
No humanas |
Artificiales |
Vivas físicamente |
Muertas físicamente |
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1. Personas corrientes |
1. Personas corrientes |
1. Esencia elemental |
1. Elementales formados inconcientemente |
2. Psíquicos |
2. Sombras |
2 Cuerpos |
2. Elementales formados concientemente |
3. Adepto o su pupilo |
3. Cascarón |
3. Espíritu de la naturaleza |
3. Artificiales humanos |
4. Mago negro o su pupilo |
4. Cascarones vitalizados |
4. Devas |
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5. Suicidas y muerte repentina |
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6. Vampiros y lobos astrales |
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7 Magos negros o sus pupilos |
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8. Pupilos esperando reencarnación |
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9. Nirmanakayas |
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Fuente "El plano astral" Arthur Powell
El mundo astral se halla dividido en siete subdivisiones que se agrupan en tres clases. Contando desde la más levada, las subdivisiones 1, 2 y 3 forman una clase; las cuarta, quinta y sexta, otra clase; y la séptima, sola, la tercera clase. Aunque estas subdivisiones se interpenetran libremente, la materia de las subdivisiones superiores se encuentra en su totalidad a una mayor elevación sobre la superficie de la tierra, por lo cuál la tendencia natural de las personas fallecidas es flotar en el nivel que corresponde a la gravedad específica de la materia más pesada de su cuerpo astral.
La materia astral es tanto más pesada cuánto una persona halla sido más esclava de sus vicios y de sus pasiones durante su vida y, una vez fallecida halla permitido el enconchamiento de su cuerpo astral arrastrado por el miedo a perder todo aquello que dejó en la Tierra.
El subplano inferior, o séptimo, es el arrabal astral con su atmósfera lóbrega y deprimente. Se encuentra bajo la superficie de la Tierra. Está poblado por asesinos, rufianes, borrachos, libertinos, etc., flotando en la oscuridad separados de los demás muertos. También se encuentran allí los suicidas que cometieron el asesinato de su cuerpo a fin de escapar al castigo por su crimen.
Las subdivisiones cuarta, quinta y sexta se pueden considerar como la contraparte astral del plano físico. La gran mayoría de seres viven un tiempo en la sexta subdivisión. Es como la vida física pero sin el cuerpo. Los niveles primero, segundo y tercero, si bien ocupan el mismo espacio dan la idea de estar mucho más alejados del físico. Los habitantes del tercer nivel, absortos en sí mismos, han creado por el poder de su pensamiento, escuelas, iglesias, casas, incluso ciudades. Aunque son meras creaciones colectivas del pensamiento, la gente vive allí muy contenta durante muchos años. La segunda sección es la de los religiosos extremistas, llenos de egoísmo y faltos de verdadera espiritualidad. Es el “Valhalla” para unos, el “Paraíso lleno de huríes” para otros.
La región primera es la de los intelectuales y científicos materialistas. La vida astral es el resultado de todos aquellos sentimientos que tienen en sí el elemento del “Yo”. Es la vida astral, por tanto, el resultado de aquello que nosotros hemos creado por nosotros mismos durante nuestra vida. Así será tanto más llevadera y gozosa cuanto más elevado halla sido el carácter de nuestras acciones y pensamientos a lo largo de nuestra vida, corresponde a lo que los cristianos llaman el purgatorio. Sin embargo, la vida en el MENTAL INFERIOR correspondería a lo que se llama “el cielo”, pues ésta es siempre feliz. Además, debemos añadir, que en el astral también se encuentran los vivos mientras sueñan, además de los Maestros y sus discípulos y los Magos negros también con sus discípulos. Y lo que es más peligroso para aquellos que se aventuran en el mundo del espiritismo los cascarones vacíos y semiinconscientes de las partes más densas del cuerpo astral abandonados por los egos en su avance espiritual, siempre dispuestos a ser revitalizados por la energía vital de cualquier incauto médium.
5. EL DEVACHÁN.
El Devachán, (la residencia de “los Devas” o sea el lugar de luz, o de bienaventuranza), es una parte del mundo especialmente resguardada y en la cual, por la acción de ciertos Devas (seres celestiales o, como se les conoce en Occidente, Ángeles o, mejor en este caso, Arcángeles), no se permite la existencia de males ni pesares.
Realmente no es un lugar sino un estado de conciencia, y se halla aquí, alrededor de nosotros, a cada momento, tan cerca como el aire que respiramos.
Después de su segunda muerte, en el mundo astral, despierta el hombre gradualmente en su cuerpo mental. Durante la vida terrestre, cada ser ordinario vive rodeado por las formas mentales que representan los intereses capitales de su vida. Estas formas mentales nos acompañan incluso más allá de la muerte. La fuerza de las formas mentales egoístas: cólera, ambición, orgullo, avaricia, glotonería, etc., se vierten en la materia astral y se agotan en el mundo astral. Pero sus pensamientos altruistas, ya fueren puramente intelectuales o de naturaleza compasiva, tierna, devota o amorosa, etc., pertenecen a su cuerpo mental, y los lleva él consigo al Devachán, puesto que, tan sólo mediante tales pensamientos refinados podrá apreciar el mundo celestial. Las imágenes mentales (o formas de pensamiento) inegoístas que hayan existido como semillas en el cuerpo mental, comienzan a manifestarse como árboles en el Devachán, de tal suerte que cuando un hombre hubiere formado muchas imágenes mentales, ya fuere por su aspiración al conocimiento, o por altruista deseo de ayudar a la humanidad, (por más que tales imaginaciones hayan sido consideradas en el mundo como castillos en el aire) se materializan ahora en la materia más fina del mundo mental y el hombre se encuentra allí haciendo cada cosa de acuerdo con sus deseos.
Siendo la materia mental más sutil que la materia física, los pensamientos son cosas en el mundo mental o celeste; y mediante el poder del pensamiento, cada uno crea en los cielos su propio mundo de acuerdo con sus deseos. Tal como son los pensamientos de un hombre, así es su Devachán, y como no son iguales los pensamientos de un hombre, así es su Devachán, y como no son iguales los pensamientos ni de dos personas, sus cielos deben por consiguiente, ser diferentes. Sin embargo, como cada uno se encuentra allí a cada momento exactamente de acuerdo con su deseo, todos son extremadamente dichosos, si bien disfrutando de diferente grado de felicidad. Ahora bien, su cuerpo mental es un vehículo que de ninguna manera se halla por completo desarrollado como el astral y que lo aleja del mundo mental alrededor de sí, en lugar de capacitarlo para verlo; ya que solamente se hallan en plena actividad aquellas partes de su cuerpo mental que usó de manera altruista durante su vida terrestre. Los pensamientos elevados, refinados y nobles, las aspiraciones inegoístas que él generó durante su vida terrestre, se agrupan entonces en torno a él formando alrededor de sí una especie de cascarón mediante el cual puede responder a ciertos tipos de vibración en la refinada materia del mundo mental.
Estos pensamientos que lo rodean son los poderes mediante los cuales se da cuenta de la riqueza del mundo celeste, y si bien aquel mundo es un almacén de extensión infinita (toda gloria y toda belleza concebibles), él puede aprovecharlos exactamente de acuerdo con su capacidad de pensar sin egoísmo. Un alma enteramente inegoísta, y altamente evolucionada, tiene plena conciencia aquí, se puede mover en su vehículo mental tan libremente como el hombre ordinario emplea su cuerpo físico, y mediante él inspecciona vastos campos de conocimiento superior que se extienden ante sí. Todo ser, exceptuando uno enteramente salvaje, tendrá con seguridad algo de esta maravillosa vida de bienaventuranza. Por consiguiente y de hecho, en lugar de que algunas “almas” vayan al cielo y otras al infierno, la mayor parte tienen su etapa tanto de purgatorio como de cielo, la cuales solamente difieren en sus proporciones relativas.
En este plano existe la infinita plenitud de la Mente Divina, abierta en todo su ilimitado influjo para toda alma, justamente en la proporción en que aquella alma se hubiere calificado a sí misma para recibir. Además como los pensamientos se intensifican por el uso reiterado, un hombre que hubiere empleado, en el Devachán, cientos de años en verter afecto desinteresado, ciertamente sabrá cómo amar más fuertemente y mejor en su siguiente vida. La vida en el Devachán es de asimilación y las formas-pensamiento de las aspiraciones o de experiencias mentales y morales, acumuladas en la tierra, son entretejidas en el carácter del alma como facultades mentales y morales, y llegan a ser los poderes y las cualidades, las capacidades y tendencias, para su próxima vida sobre la tierra.
Como ya se explicó, hay siete subdivisiones en el mundo mental lo mismo que en el astral. Las tres superiores, los niveles Arupa-Loka o “Sin forma”, son la residencia del Ego en el cuerpo causal, en tanto que los cuatro niveles inferiores, los Rupa-Loka, forman el cielo en donde los seres pasan su vida celestial en el cuerpo mental. Como en el cuerpo mental nada hay que corresponda a la redistribución de la materia astral, un ser no pasa a través de las sucesivas etapas o regiones del mundo celestial una tras otra, como sucede en el mundo astral, sino que es atraído hacia el nivel que corresponda más íntimamente al grado de su desarrollo, y transcurre allí toda su vida en el cuerpo mental.Al final de la vida celeste que dura diferentes períodos, llega al cuerpo mental su turno de ser desechado, como les sucedió a los otros, y comienza entonces la vida del hombre en el cuerpo causal. Todas las facultades mentales que se expresan en los niveles inferiores junto con los gérmenes de vida pasional inegoísta que se infundieron en el cuerpo mental, son atraídos hacia el cuerpo mental y, en función del grado de desarrollo evolutivo de cada Ego, reside el Pensador por algún tiempo en su propia patria nativa; descansan allí las almas por un poco de tiempo, apenas conscientes, pero asimilando los pequeños resultados de la reciente vida terrestre.
Con todo, si el hombre está ya desarrollado, su vida en el nivel “Arupa” es mucho más larga, rica e intensa, ya que su cuerpo causal crece y se organiza mejor; y él retorna a la vida terrestre con un conocimiento mayor y con un poder más efectivo para ayudarse a sí y ayudar a los demás. En el subplano más elevado viven los Maestros y Adeptos y sus discípulos más adelantados; en el inmediato inferior, las almas cuya superior evolución es testimoniada por su cultura interna y su refinamiento natural cuando viven en cuerpos terrestres; y en el tercer subplano la vasta mayoría de los 60.000 millones de almas que forman la masa de nuestra aún retrasada humanidad.
Para todo hombre, por menos que haya progresado, adviene un momento de clara visión antes de su retorno a la tierra, y entonces ve él su vida pasada con las causas que tendrán que ser elaboradas en el futuro, y, mirando hacia lo porvenir, ve también su próxima encarnación que lo espera con sus posibilidades y oportunidades. Entonces las nubes de la materia se cierran sobre él y oscurecen su visión, y principia un nuevo ciclo de otra encarnación con el despertar de los poderes de la mente inferior a través de “Tanhá”, la sed ciega por la vida manifestada
De "El Espacio el Tiempo y el Yo"
Capítulo VIII.
EL PODER DEL PENSAMIENTO
El pensamiento es un cambio en la conciencia, que corresponde a una modalidad de movimiento en la materia del plano mental. Hemos hablado ya de "Manas", el Pensador» quien piensa o conoce, y la Mente es tan sólo un instrumento suyo para obtener conocimiento, un órgano de conciencia en su aspecto como conocedor. Vemos los objetos cuando la luz éter actúa en ondulaciones entre tales objetos y nuestro ojo; cuando pensamos en algún objeto, el pensamiento-éter, es decir la materia del mundo mental actúa en ondulaciones entre aquel objeto y nuestra mente. No tan sólo creamos nosotros estas, ondas, sino que también las ondas de pensamiento creadas por otros repercuten en nuestro cuerpo, mental y modifican el arreglo de sus materiales; y, al pensar concretamente, experimentamos de nuevo los impactos de las ondas de pensamiento originales.
El hombre posee un vehículo correspondiente a cada uno de los mundos ínter penetrantes de nuestro Sistema Solar; que su cuerpo astral es el vehículo de sus de-seos, pasiones y emociones; y que, de igual modo, su cuerpo menta! es el vehículo para la expresión de su pensamiento. En la materia del cuerpo mental es donde surge primero el pensamiento como una vibración visible al ojo del clarividente, vibración que produce varios efectos tan definidos en su acción sobre el fino tipo de materia, como lo es el poder del vapor o de la electricidad sobre la materia física.
Cada ser humano, rico o pobre, joven o viejo, tiene a su disposición una considerable proporción de las fuerzas de los más finos tipos de materia que responden a las influencias del pensamiento y de la emoción humanos. Este poder, si bien común a todos/es inteligentemente usado hoy tan sólo por algunos. Su posesión acarrea consigo responsabilidad; pero la mayor parte de los hombres están haciendo mal uso de este poder a causa de su ignorancia, y en vez de utilizar en su plenitud estas magníficas, posibilidades, inconscientemente se están causando daño tanto a sí mismos, como a los demás.
“Tan sólo los pensamientos originan la rueda de nacimientos", dice una Escritura Hindú, "que cada hombre trate de purificar sus pensamientos; en aquello en lo que un hombre piensa, en eso se convertirá". —"Tal como un hombre piense en su corazón, así es", dijo el Sabio" Rey de Israel. — "Todo lo que somos está constituido por nuestros pensamientos", declaró el Buddha. — "La Pureza (de pensamientos, palabras y obras) es la clave de la religión Zoroastriana; -"La Pureza, nos dice, es la mayor bienaventuranza”, “la pureza en palabras y obras depende evidentemente de la pureza del pensamiento” — "quien quiera que mirase codiciosamente a una mujer ha cometido ya adulterio con ella en su corazón", dijo el Cristo. — Y también: "El que odia a su hermano es un asesino."
El pensamiento es real en dos sentidos, directa e indirectamente. Todo el mundo reconoce la acción indirecta del pensamiento, pues es obvio que la gente deba pensar primero antes de que pueda hacer algo, y el pensamiento es la fuerza motriz de la acción, así como el agua es la fuerza motriz del molino. Pero la gente, por regla general, ignora que el pensamiento tiene también una acción directa sobre la materia, y que si un hombre traduce o no su pensamiento en acción o palabra, el pensamiento ha producido ya su efecto. Además, como el pensamiento es el padre de la acción, una persona podrá modelar su carácter, y por consiguiente su destino, por el ejercicio de este poder.
Efectos del pensamiento
En términos generales pueden dividirse en dos grupos: Los efectos producidos sobre el hombre mismo y los producidos fuera del hombre.
Los efectos producidos sobre el mismo hombre son: Primero, el efecto sobre el propio cuerpo mental, es decir, el hábito de repetir fácilmente un pensamiento particular; y segundo, los efectos producidos sobre los otros dos vehículos, los cuerpos astral y causal que, en grado de densidad, están, respectivamente, bajo y sobre el cuerpo mental; es decir, un resultado temporal sobre sus emociones y un resultado permanente en la construcción de cualidades en el Ego. Los efectos fuera del hombre son la producción de una vibración irradiante y de una forma flotante.
El efecto sobre el cuerpo mental del hombre es que establece un hábito en él, porque el pensamiento tiende a repetirse. Si bien existen diferentes tipos de materia en el cuerpo mental, cada uno con su propio tipo especial de vibración al cual responde rápidamente, un pensamiento poderoso pone bajo el mismo tipo de oscilación a la materia de todo el cuerpo; y si un hombre acostumbra su cuerpo mental a cierto tipo de vibración, tal cuerpo aprende a re-producirlo fácilmente y adquiere la costumbre de repetir prontamente aquel pensamiento particular. Por otra parte, una mente ocupada por ciertos pensamientos, actúa, como un imán, atrayendo pensamientos similares de los demás e intensificando el efecto original. Por ejemplo, si pensara siempre en un pensamiento noble, una persona establecería un centro de atracción hacia el cuál convergerían de por. sí otros pensamientos nobles, atraídos por afinidad magnética, y su mente sería ayudada y fortalecida por estos pensamientos que afluyen del exterior, ganando él así más de lo que da.
En segundo lugar tenemos los efectos sobre los cuerpos astral y causal. La perturbación en un tipo de materia física se comunica a otro tipo, más denso o más fino; por ejemplo, el viento perturba la superficie del mar y un terremoto produce una grande ola en el océano. De igual modo, una perturbación en la materia tosca del cuerpo astral, esto es, una emoción, puede causar ondulaciones en la materia más fina del cuerpo mental, a saber, un pensamiento correspondiente a la emoción; y viceversa, un movimiento en el cuerpo mental puede afectar la materia más densa del astral, un pensamiento que provoque una emoción. Y así podía un hombre, recapacitan-do sobre lo que él considere una ofensa, encenderse fácilmente en cólera; si bien, alimentando pensamientos de calma, podría evitar tal cólera.
Igualmente, el cuerpo mental actuará también sobre el causal que es más fino, manera en la cual los pensamientos habituales construyen cualidades en el mismo Ego. Como ya se explicó , al hablar de Karma, el pensamiento construye el carácter. Las cualidades que forman el carácter de la personalidad, es decir, el carácter que es moldeado por cada una de sus personalidades en tomo, mediante el entrenamiento y las circunstancias que le rodean, carácter que se muestra en el cuerpo mental, son absorbidas en d cuerpo causal y se convierten en el carácter persistente del individuo; y el hombre retoma a la tierra con estas cualidades como su capital disponible para una nueva vida.
Y así, considerando los efectos sobre el hombre mismo, vemos que en primer lugar el pensamiento tiende a repetirse y a constituir un hábito; y en segundo lugar, que actúa sobre el mismo hombre no tan sólo temporalmente en sus emociones, sino también permanentemente en su carácter. Al tratar de las formas de pensamiento. se verá otro resultado más sobre el hombre, de sus pensamientos con-centrados en sí.
El pensamiento en sí aparece primeramente, ante la visión clarividente, como una vibración en el cuerpo mental y puede ser simple o compleja. Si es puramente intelectual, como por ejemplo, si el hombre pensare en una cuestión filosófica o en resolver un problema de matemáticas, la vibración resultante quedaría confinada al mundo mental; si el pensamiento fuere de naturaleza espiritual, si estuviere teñido de amor, aspiración o sentimiento inegoísta, se elevara a los reinos del Mental superior, o, más aún, hasta el plano Búdico, y podrá ser excesivamente glorioso y poderoso. Pero la mayoría de los pensamientos humanos, de ninguna manera son sencillos. Existe el afecto absolutamente puro, pero muy a menudo lo encontramos teñido de orgullo o egoísmo, de celos o de pasiones animales; y así, cuando un pensamiento está manchado por deseos personales, sus vibraciones tienden hacia abajo y la mayor parte de su fuerza se gasta en el mundo astral.
Existiendo, pues, por lo menos dos vibraciones separadas, una en el cuerpo mental y la otra en el astral, la vibración irradiante será muy compleja, en tanto que la forma de pensamiento mostrará varios colores en lugar de uno solamente.
Por tanto, el primer efecto del pensamiento, externo al hombre, es una vibración radiante (simple o compleja de acuerdo con la naturaleza del pensamiento) en el océano de materia mental tan sólo, o en ambos cuerpos, el mental y el astral, como la ondulación producida por una piedra arrojada a un estanque. Estas ondulaciones, actuando sobre sus respectivos niveles como las vibraciones de luz o de sonido en el mundo físico, irradian en todas direcciones y llegan a ser menos poderosas a medida que se alejan de su fuente. Las radiaciones de pensamiento afectan no tan sólo al océano de materia mental circundante, sino también a otros cuerpos mentales que se mueven en él. Las vibraciones de una nota cualquiera sonada en un piano, son llevadas a través del aire y ponen en, juego la nota correspondiente en otro plano que estuviere afinado exactamente al mismo tono. De igual manera, siendo trasmitida una vibración de pensamiento en un cuerpo mental mediante la materia mental, tiende a reproducirse en otro cuerpo mental, es decir, produce en otra mente un pensamiento del mismo tipo que aquél de la mente del pensador qué emitió la vibración; en otras palabras, se puede decir que el pensamiento es "infeccioso".
La fuerza de la radiación se vierte principalmente sobre alguno de los cuatro niveles del mundo mental inferior; pero estando los pensamientos de un hombre centralizados en su mayor parte alrededor de sí, son ondulaciones de la subdivisión inferior del mundo mental y, a causa de que su cuerpo mental está todavía sin desarrollar, las porciones superiores de aquel cuerpo se hallan aún por completo dormidas.
La distancia recorrida por tal onda y la fuerza y persistencia con la cual repercute sobre los cuerpos mentales de otros, dependen de la fuerza y claridad del pensamiento original, ya que el pensador se encuentra en la misma posición que un orador que pone en movimiento ondas de sonidos en el aire que irradian en todas direcciones y transmiten su mensaje: la distancia a la cual puede llegar su voz depende de la fuerza y claridad de su enunciación. Y así, un pensamiento poderoso llegará mucho más lejos que uno débil e indeciso, pero la 'claridad y precisión con de mayor importancia aún que la fuerza. Igualmente, como una voz que cayese sobre oídos sordos, una fuerte onda de pensamiento puede pasar sin afectar la mente de un hombre que ya estuviese ocupada en otra línea de pensamiento.
Esta vibración radiante transmite el carácter del pensamiento, pero no su asunto, y es extremadamente adaptable. Puede reproducirse exactamente si encuentra un asunto que responda fácilmente a ella en todos sentidos. De otra manera produce un efecto decidido sobre líneas ampliamente semejantes a las suyas. Las vibraciones devocionales que broten de un hindú en éxtasis de adoración hacía Shri-Krishna, repercutiendo sobre el cuerpo mental o astral de otro correligionario, harán surgir en éste un pensamiento o un sentimiento idénticos al original; pero si las mismas vibraciones repercuten sobre un Mahometano o sobre un Cristiano, podrá suscitar en ellos el sentimiento de devoción hacia Alá o hacia el Cristo, respectivamente; y aun si tocaron el cuerpo mental de un materialista que ninguna idea tuviere de devoción, .producirían, sin embargo, un efecto exultante al excitar la parte superior de su cuerpo mental hacia cierta clase de actividad, si bien no podrían crear un tipo de vibración ajeno por completo al hombre. Y así, un hombre cuyo pensar siga líneas nobles y elevadas, está haciendo obra de misionero, si bien podrá ser por completo inconsciente de ello.
Por el contrario, si un hombre pensare de otro con odio o malicia, irradiará una onda tendiente a provocar pasiones similares en otros; y aunque su sentimiento de odio por alguien pueda 'ser ignorado por aquellos otros, al grado de ser imposible que lo compartan, empero, la radiación hará surgir en ellos una emoción de la misma naturaleza hacia un hombre enteramente distinto. Y por esa causa podrán ellos llegar hasta cometer un asesinato en ti ardor de la pasión; pero el primer hombre que irradió la onda, la que suministró fuerza al golpe asesino, tendrá que compartir el karma del homicidio como uno de los que originaron tal pasión.
Formas de pensamiento
El segundo efecto del pensamiento, externo al hombre, es la creación de una forma mental definida y flotante.
Los cuerpos mental y astral tienen que ver principalmente con la aparición de las formas de pensamiento. Cada pensamiento produce las respectivas vibraciones en la materia del cuerpo mental, acompañadas de un maravilloso juego de colores; y el cuerpo, bajo este impulso, despide una vibrante porción de si mismo, conformada por la naturaleza de las vibraciones. Esta porción reúne en torno a si materia similar de la esencia elemental mental que nos rodea en todas direcciones, produciendo una forma de pensamiento de un solo color si el pensamiento es sencillo. Pero cuando la energía del hombre fluye al exterior, hacia los objetos externo de deseo, o se ocupa en actividades pasionales o emocionales, esta energía trabaja no el la materia mental sino en la materia más tosca del cuerpo astral o de deseos. Y así, cuando están excitadas las pasiones de un hombre o cuando lo invade una oleada de emoción, su cuerpo astral entra en una agitación violenta, con varios colores característico irradiando a través de él. Entonces el cuerpo astral da origen a una segunda clase de entidades, similares en su constitución a la simple forma de pensamiento, pero limitada al plano astral, y causadas por la actividad de Káma Manas, o sea, la mente dominada por el deseo. Este cuerpo, al vibrar, despide una porción de sí mismo, conformada con la anterior, por la naturaleza de las vibraciones, y esto atrae hacia él algo de la esencia elemental del mundo astral. Tal "forma-pensamiento" tiene, como cuerpo, esta esencia elemental y como alma es deseo o pasión que la irradió, en tanto que su fuerza será proporcional a la cantidad de energía mental combinada con el deseo o la pasión. Las formas mentales de esta segunda clase son, con mucho, las más comunes, ya que muy pocos pensamientos de personas ordinarias están libres del deseo, pasión o emoción
La esencia mental en conexión con aquella vida semi-inteligente que nos rodea en todas direcciones, no se halla diferenciada en formas estables o persistentes. La materia de los mundos astral y mental, independientemente de un alma que hace de ella su vehículo, se encuentra animada por esta esencia elemental, una clase peculiar de vida, que es delicadamente sensitiva, plena de vitalidad y no individualizada. El efecto producido en las partículas de agua en un vaso, al pasar por ellas una corriente eléctrica, podría dar una débil idea de la vitalidad y energía de los grados de materia mental y astral, a medida que la esencia elemental de los tipos I, II y III la afecta y la vivifica. Esta materia vivificada está, por así decirlo, en un "estado crítico", presta a "precipitarse" en formas de pensamiento al momento que la afecte una vibración de pensamiento emitida por la mente de un pensador. Y así responde fácilmente a la influencia de pensamientos y sentimientos humanos, revistiéndose cada pensamiento. o impulso, de un vehículo temporal de esta materia vitalizada. Tal pensamiento o impulso se convierte temporalmente en una criatura viviente, siendo el alma la fuerza pensamiento y el cuerpo la materia vivificada, y se la conoce como una "forma de pensamiento" o un elemental artificial. Una forma de pensamiento es una entidad viviente, con una vigorosa tendencia a llevar a cabo la in-tención del pensador, pero ni es auto-conciente ni capaz de experimentar placer o dolor. Existe una infinita variedad en el color y apariencia de tales formas de pensamiento, pues cada pensamiento atrae hacia sí la materia que le es adecuada para su expresión, y hace vibrar aquella materia en armonía con la suya propia. Según el tipo y la calidad del pensamiento, será la forma mental creada en la esencia elemental, mental o astral. Estas formas de pensamiento son pasajeras, o bien duran por horas, meses o años; de ahí que se les clasifique entre los habitantes de los mundos invisibles bajo el nombre de "elementales". Hay .cuatro principios generales que regulan la producción de todas las formas de pensamiento:
1.- La calidad o carácter del pensamiento determina su color.
2.- La naturaleza del pensamiento determina la forma.
3.- Lo definido del pensamiento determina la precisión o claridad del contorno.
4.-La firmeza y fuerza del pensamiento determinan su duración y tamaño.
Los colores indican el carácter del pensamiento y están de acuerdo con los que existen en los cuerpos sutiles.
La labor de una forma de pensamiento es mucho más limitada pero más precisa que la de una ondulación radiante. La forma no puede alcanzar a tantas personas, de hecho no puede actuar sobre alguna persona a menos que ésta tenga en sí algo que estuviere en armonía con la energía que anima tal forma; pero, cuando actúa, produce en el cuerpo mental que influencia, no meramente un pensamiento de naturaleza similar sino el mismo pensamiento actualizado. Una radiación puede afectar a millares haciendo surgir en ellos pensamientos del mismo nivel que el original; sin embargo, podría suceder que ninguno fuera idéntico al pensamiento original; pero una forma de pensamiento, si bien puede afectar tan sólo a unos pocos, re-produce exactamente la idea que le dio origen.
Todas las formas de pensamiento pueden dividirse en tres grupos:
1.- Aquellas que asumen la imagen del pensador. Cuando un hombre piensa de sí mismo como si se encontrase en algún lugar distante, o cuando desea ardientemente estar en aquel lugar, crea una forma de pensamiento de su propia imagen que aparece allí, y a la cual, siendo algunas veces vista por otros, se la toma por el cuerpo astral de aquel hombre.
2.- Las que adoptan la imagen de algún objeto material. Cuan-do un hombre piensa en algún amigo, en una habitación, en un paisaje, en un libro, etc., forma, dentro de su cuerpo mental, una pequeña imagen de aquel amigo o de cualquier cosa en la que hubiere pensado. Esta imagen flota en la parte superior de aquel cuerpo, generalmente enfrente de la cara del hombre y al nivel de sus ojos. Permanece allí durante el tiempo que el hombre se halla contemplan-do aquel objeto y generalmente por un poco tiempo después, antes de que se externe o muera, dependiendo la longitud del tiempo de la intensidad y claridad del pensamiento.
3.-Las que asumen una forma enteramente propia, expresando sus cualidades inherentes en la materia que acumulan alrededor de sí. Representar formas de pensamiento del primero o segundo grupos, sería tan sólo esbozar retratos, paisajes, etc., ya que en estos ti-pos tenemos la materia plástica mental o astral modelada a semejanza de las formas que pertenecen al plano físico, pero en este tercer grupo tenemos un destello de las formas propias de los planos astral o mental.
Vamos a referirnos aquí, sencillamente, al último grupo que puede ser subdividido en tres clases:
1.-Pensamientos definidamente dirigidos hacia otra persona o personas.
2.-Pensamientos no dirigidos a otros, pero conectados capitalmente con el pensador, es decir, concentrados en sí.
3.-Pensamientos no dirigidos especialmente a otra persona ni centralizados en el pensador.
Las formas de pensamiento de las tres clases mencionadas de este tercer grupo, se manifiestan principalmente en el plano astral, ya que la mayor parte de ellas son expresiones de sentimiento, tanto como de pensamiento. La vibración de un pensamiento con algo de deseo personal se vuelve hacia lo inferior y atrae en tomo a sí un cuerpo de materia astral en adición a su revestidura de materia mental; y la forma pensamiento resultante puede actuar sobre los cuerpos astrales de los hombres lo mismo que sobre sus mentes; por tanto puede no tan sólo suscitar pensamientos dentro de ellos sino también producir emociones.
a) Pensamientos dirigidos hacia otros:
Supongamos que un hombre envía un pensamiento de afecto o devoción, de envidia o de odio; tal pensamiento, lo mismo que cualquier otro, producirá una vibración radiante que afectará a todas aquellas personas que quedaren dentro de su esfera de influencia; pero la forma pensamiento así creada tiene una intención definida, por lo cual tan pronto como se separa de los cuerpos mental y astral del pensador, va directamente hacia la persona en la cual se pensó y penetra en su aura. Es una especie de Botella de Leyden, que existe para el único propósito de descargarse y aprovecha la primera oportunidad de hacerlo así. La esencia elemental, astral y mental, forma la botella, en tanto que la energía del pensamiento corresponde a la carga de electricidad. Si el ser a quien va dirigida se halla en una condición pasiva, o pensando en algo similar a la naturaleza de la forma de pensamiento, desde luego se descargará a sí misma, provocando o intensificando, una ondulación semejante a la suya; pero si él se encontrare ocupado activamente en algún otro trabajo, la forma de pensamiento merodea alrededor de él esperando una oportunidad favorable para descargarse.
- Pero un pensamiento, bueno o malo, para cumplir su misión, deberá encontrar en el aura del sujeto a quien se envía, materiales capaces de responder simpáticamente a sus vibraciones; de otra manera para nada podrá afectar a aquella aura, sino que rebotará de ella con una fuerza proporcionada a la energía con la cual chocó sobre dicha aura. Por consiguiente, un mal pensamiento lanzado en contra de alguna persona santa, rechaza de su cuerpo y, rebotando por su propia energía, regresa a lo largo de la línea magnética de menor resistencia y se descarga sobre quien lo originó, por tener éste, dentro de sus cuerpos astral y mental, materia semejante a la de la forma-pensamiento. Y así, "las maldiciones, lo mismo que las bendiciones, vuelven a su casa para anidar".
Un pensamiento lleno de intensidad, digamos, de un deseo puro cargado de amor o benevolencia, construirá una forma de exquisita belleza, tanto en su contorno cuanto en su color; en tanto que un pensamiento de cólera, odio o venganza, o de cualquiera otra mala pasión, construirá una forma repugnante en su deformidad, que será el propio demonio del mal, lleno de ansias de dañar y destruir. El amor de una madre produce una hermosa forma de pensamiento, llena de ternura, rondando alrededor de los niños como un agente protector y defensor, buscando toda oportunidad de servir y defender, alegrándolos en sus tristezas y, como un verdadero ángel guardián, protegiéndolos en el peligro y precaviéndolos en la tentación.
b) Pensamientos concentrados en sí: Un pensamiento dirigido hacia alguna otra persona, vuela como un proyectil hacia ella; pero, si está conectado con el pensador mismo, permanece flotando cerca de su creador, listo para reaccionar sobre él y para suscitar de nuevo en su mente el mismo pensamiento cada vez que se halle por un momento en condición de pasividad. La mayor parte de pensamientos y sentimientos de un hombre ordinario están concentrados en él mismo, por lo cual sus formas permanecen merodeando alrededor de él. Generalmente cada pensamiento definido crea una nueva forma de pensamiento; pero si se encontrare ya merodeando alrededor del pensador una forma de pensamiento de igual naturaleza, bajo ciertas circunstancias, en vez de que un nuevo pensamiento sobre el mismo asunto dé origen a una nueva forma, se incorpora a la antigua y la fortalece, de tal suerte que, por una larga repetición del pensar sobre el mismo asunto, una persona podrá a veces crear una forma-pensamiento de tremendo poder. Y así, cada hombre ha edificado para sí mismo una corteza de formas de pensamiento, verdaderas revestiduras tanto de sentimientos cuanto de pensamientos, y el hombre viaja a través del espacio rodeado siempre de una hueste de tales formas y encerrado, por así decirlo, dentro de una jaula creada por él mismo. En tanto que su mente este ocupada con otros pensamientos estas formas revolotean alrededor de él en espera de su turno; pero al momento que se ago-tan aquellos pensamientos, o que su mente queda desocupada o en estado pasivo, él, siendo el más cercano a tales formas, siente la reac-ción de ellas en la primera oportunidad y, experimentando la presión de sus malos pensamientos como si fuese una sugestión del exterior, se cree tentado por el diablo. Y así es cómo un hombre que habitualmente piense de mala fe, o codicie los bienes de otro, podrá cometer un robo en un momento de debilidad.
Por el contrario, un hombre cuyos pensamientos habituales sean de pureza, podrá, bajo la presión de sus formas de pensamiento, capacitarse para efectuar buenas obras, las cuales, estando muy por encima de su poder normal, le parecerá haberlas hecho con la ayuda de los ángeles, si bien ambos ejemplos mencionados son meramente casos de reacción natural de los respectivos sentimientos y pensamientos habituales del hombre.
c) Pensamientos no centralizados en el pensador ni dirigidos especialmente a otra persona;
Una forma-pensamiento generada por ésta clase de pensamientos, ni revolotea alrededor de la persona siguiéndola hacia donde ella vaya, ni se dispara directamente lejos de él en busca de un objetivo definido, sino que simplemente permanece flotando ociosamente en la atmósfera en que fue creada irradiando vibraciones similares a las que originalmente emitió su creador. Si no toma contacto con algún otro cuerpo mental, su depósito de energía se agota gradual-mente, consumido por la radiación, y la forma se desintegra por completo; pero si aquella forma de pensamiento logra despertar vibraciones simpáticas en cualquier cuerpo mental cercano, es atraída, y generalmente absorbida, por dicho cuerpo mental. Un hombre ordinario tiene numerosos pensamientos de esta clase y los deja tras de sí como una especie de estela que marca la ruta de su creador.
Toda la atmósfera está así llena de vagos pensamientos de es-te último tipo, por lo cual, mientras caminamos a lo largo abriéndonos paso, por así decirlo, a través de estos fragmentos vagos y errabundos de los pensamientos de otras gentes, nuestras mentes, cuan-do no definitivamente ocupadas, son seriamente afectadas por ellos. La mayoría de tales formas, al pasar por una mente ociosa no despiertan ningún interés especial, si bien esporádicamente surge una que atrae la atención y entonces la mente, fijándose en ella, la alimenta por un momento o dos y la despide un poco más fuerte de lo que estaba a su llegada. Ni la cuarta parte de nuestros pensamientos son nuestros; sino que simplemente son fragmentos tomados de la atmósfera, en la mayor parte de los casos, sin valor alguno y con una tendencia general más claramente marcada hacia el mal que hacia el bien. Cada hombre ordinario produce estas tres clases de formas de pensamiento durante toda su vida.
El poder del pensamiento
Estamos, pues, poblando nuestra atmósfera, bien sea con ángeles de belleza y de virtud, o bien con repugnantes demonios de fealdad y de vicio; purificando o ensuciando las mentes de nuestra generación, y si alguna vez pudiésemos verlos, su visión nos haría re-capacitar y ser siempre cuidadosos para desechar todo pensamiento malo o impuro. Y así, ya no podemos afirmar que por lo menos nuestros pensamientos son cosa nuestra, o que, si ciertamente debemos ser cuidadosos respecto a nuestras, palabras y acciones, nada importa lo que sean nuestros pensamientos. De hecho, nuestros pensamientos son menos nuestros que nuestras palabras o acciones, ya que los primeros viajan a mucha mayor distancia de nosotros que los dos segundos, y su influencia, ejercitándose directamente sobre las mentes de los demás, es más poderosa y de mucho mayor extensión.
Tal es el poder de acción de los pensamientos sobre nosotros mismos y sobre los demás. No tan sólo nos afectamos grandemente al formar nuestros hábitos y carácter en los cuerpos astral y mental, y al edificar cualidades permanentes en el cuerpo causal, sino que también influenciamos a los demás, ya sea para bien o para mal. al irradiar vibraciones y formas de pensamientos de varias clase,. emociones, y para evitar los pensamientos malos, ociosos, o inútiles que dañan la mente?
En vez de permitir que cualquier impulso o sacudida emocional nos arrolle, debemos aprender a mantenerlos bajo control por medio de la mente. Con las riendas de la mente en sus manos, el conductor, o sea el hombre real, debe ser capaz de refrenar y dirigir los caballos del deseo que tiran del carro del cuerpo físico.
El primer paso para controlar la mente, es mantenerla útilmente ocupada. No se le permitirá estar ociosa, ya que así cualquier pasajera forma de pensamiento puede infiltrarse en día, además de que permaneciendo en ociosidad es más probable admitir malas impresiones que buenas. El mejor modo es mantener en el fondo de nuestra mente un pensamiento elevado o alguna inspiración para un noble vivir. La mente puede ocuparse solamente con una cosa en un tiempo determinado; el buen pensamiento elegido debería ser el opuesto del mal pensamiento que continuamente se infiltrarse; deberíamos seleccionar unas pocas palabras o una frase que den cuerpo al buen pensamiento, para que cuando el mal pensamiento aparezca en la mente, ésta, instantáneamente, comience a recitar el pasaje seleccionado, ya sea repitiéndolo muchas veces, o bien repitiéndolo una y meditando sobre él. De tiempo en tiempo, durante el día, cuando la mente esté ociosa, deberíamos repetir dicho pasaje. De este modo, el mal pensamiento cesara gradualmente de molestar, ya que la atmósfera mental creada no es propicia para su recepción. Unas cuantas palabras extractadas de alguna Escritura sagrada y grabadas en la mente por las mañanas, acudirán a ella una y otra vez durante el día, hasta que la mente las repita automáticamente cada vez que no esté ocupada.
El segundo paso para entrenar la mente es el de llevar a cabo, lo más perfectamente posible, todo lo que tengamos que hacer. Esto implica la adquisición del poder de concentración. Una persona de temperamento devocional, debería crear una imagen del objeto de su devoción y concentrar su mente en ella; y, estando su corazón apegado a tal objeto, la mente se ocuparía de él con mucha facilidad. Un ser no devocional debería tomar como tema de concentración alguna idea profunda de interés intelectual. Un ser no atraído por personalidad alguna, podrá elegir una virtud y concentrarse en día. Esto halagaría su corazón, por su belleza intelectual y moral/y como su mente se conformaría a ella, tal virtud llegaría á ser parte de su carácter. Tarea difícil es ésta, ya que cualquiera que trate de mantener su mente absolutamente fija en cualquier asunto por unos cuantos minutos, se fatigaría prontamente. Pero deberíamos todos tratar de adquirir este poder de concentración, enfocando nuestra atención en cada cosa que hagamos durante el día y tratando de hacerla lo mejor que nos sea posible. Y así, por ejemplo, al escribir una carta deberíamos escribirla bien y con suma atención/sin des-cuidar detalle alguno; al leer un libro deberíamos leerlo con toda atención tratando de desentrañar el significado que le dio el autor. Igualmente, la persona que deseare entrenar su mente debería mantenerse en actitud vigilante, dándose cuenta de los pensamientos que penetren a su mente y ejercitando una constante selección. La practica de rehusar albergue a los malos pensamientos, su pronta expulsión cuando hayan entrado, y el reemplazar un mal pensamiento por uno de buena índole, afinarán de tal manera la mente que automáticamente actuará repeliendo el mal y atrayendo el bien.
La construcción del carácter
Este es el tercer método de concentración, recomendado para una persona no devocional, y se ha descrito ya en el capítulo, sobre karma, como uno de los "hilos de la cuerda del destino." Lo describiremos brevemente: Examinando su carácter, podrá una persona fijarse en algún notable defecto suyo, por ejemplo, la irascibilidad. En este caso jamás debería olvidar que, puesto que el pensamiento es constructor, el fijar su pensamiento en la irritabilidad haría a ésta más permanente en vez de ahuyentarla; por tanto, debería siempre tomar, como asunto de su pensamiento, lo opuesto de cualquier debilidad suya. Otro ejemplo: para quitarse la falta de veracidad, debería meditar en la virtud exacta-mente opuesta, a saber, la verdad. Y así, ponderando acerca de la virtud de la paciencia, que es la opuesta exactamente a la debilidad de la ira, debería diariamente por la mañana, antes de salir de su habitación, sentarse en recogimiento en algún lugar quieto, por cinco minutos, y pensar y meditar en la paciencia, en su Valer, en su belleza, en practicarla al ser provocado, etc., y escribir, por decirlo así, un ensayo mental sobre la paciencia, fijando la mente cuando empiece a divagar y retro-trayéndola de nuevo una y otra vez, de las desviaciones marginales por las que pudiere irse. Debería pensar de sí mismo como si fuese un modelo de paciencia, haciendo el voto de sentir y practicar esta virtud durante todo el día en la vida practica. Durante los primeros pocos días, es posible que no se efectúe ningún cambio perceptible, y aunque pueda él a veces dar cabida a la ira deberá perseverar en la meditación todas las mañanas. Observará después que, al proferir alguna expresión colérica, como un relámpago brillará en su mente el pensamiento de que debió haber sido paciente. Con un poco de más tiempo, el pensamiento de paciencia surgirá a la par que el impulso irascible, cuya manifestación externa será reprimida. Con algo más de práctica, el impulsa irascible se irá debilitando, y por fin, al desaparecer la irascibilidad, la paciencia llegará a ser la actitud normal. De esta manera podrá adquirirse una virtud tras otra y crearse un carácter ideal mediante el poder del pensamiento, hasta que las pasiones, apetitos y naturaleza inferior, sean dominadas y puestas por completo bajo control.
Por supuesto, gran número de personas en el mundo tienen la costumbre de considerar el carácter del cual se hallan dotados, como algo inalienable que les ha sido deparado, como sería la cojera, por ejemplo. Si un hombre tiene mal genio o débil voluntad o bien si se siente lleno de deseos de cosas groseras, dirá "Así me hicieron, así es mi carácter natural" No se da cuenta de que el mismo se hizo así en sus vidas anteriores y de que, por consiguiente, si logra dominar cualquiera de sus debilidades, podrá modificarse mediante sus esfuerzos actuales. Pero él ignora que puede cambiar un carácter que es indeseable, y, además, no comprende por qué debería hacerlo. No es cosa fácil para un hombre cambiar su carácter, que es la verdadera base fundamental suya. Tal vez no hay, un incentivo suficiente o una razón adecuada respecto al por qué, un hombre ordinario, debería tomarse todas esas molestias. Pero si él comprende el plan de Dios; si aprende a amar a Dios puesto que Dios es Amor, y trata de cooperar con El, entonces tendrá el más poderoso de todos los motivos posibles para ponerse en aptitud de cooperar en la grande obra de la evolución. Asimismo, conociendo la reencarnación, sabe él que su Vida actual no es la única vida/sino que tendrá todas las vidas que necesitare; que el punto hasta el cual llegue en una vida es el punto del cual continuará su tarea de mejorar su carácter en la próxima encarnación; que por mayor que fuere el intervalo que transcurra entre el fin de una vida y el principio de la próxima, de ningún modo alterará la unidad del proceso de la vida, y que, por consiguiente, puede modificarse a sí mismo, produciendo los cambios más fundamentales en su carácter y en su disposición. Y así, únicamente el conocimiento superior que da la Teosofía es lo que suministra un incentivo realmente eficaz para cualquier cambio serio de carácter.
Como evitar el desperdicio de nuestra energía
Cada persona tiene cierta cantidad de energía y es responsable de su uso en la mejor manera posible, pero un hombre ordinario prodiga locamente su fuerza. Es él, simplemente, un centro de vibración agitada; constantemente se halla en condición de ansiedad, o profundamente deprimido, o indebidamente excitado por cualquier bagatela, comunicando así sus vibraciones de inquietud, si bien inconscientemente, a todos aquellos que tuvieren la mala fortuna de encontrarse cerca de él.
Otro modo muy común de malgastar energías es por la argumentación innecesaria sobre asuntos políticos o religiosos, o acerca de los incidentes de la vida ordinaria. Un hombre prudente jamás trata de imponer su opinión sobre las demás, y, sabiendo que no debe importarle lo que otro crea, sencillamente rehúsa gastar su tiempo y energías en varías disputas, si bien se halla dispuesto a dar información cuando se le consulta.
La gente envejece más por las preocupaciones que por el trabajo. Tormento inútil es el de estar repitiendo la misma cadena de pensamientos una y otra vez con muy poca alteración y sin llegar a ningún resultado. De esta manera muchas personas malgastan su energía prediciendo males para sí mismas y para sus seres queridos, o temiendo la muerte o la ruina financiera. Pero no deberían pretender cruzar el puente antes de llegar a él; habrían de conocer también que el mundo se halla gobernado por una justicia absoluta; que nadie puede dañarlos salvo como instrumentos de la Ley, y que nada podrá sucederles que no se lo hayan merecido por su Karma pasado. Deberían aprender, por consiguiente, a entrenar su mente para que confíe en la Buena Ley y a establecer en ellos la costumbre de estar contentos.
Igualmente, un hombre prudente rehúsa sentirse ofendido por las afirmaciones o acciones de otro, ni permite que se altere su serenidad a causa de ellas, ya que conoce que una observación, irritante, aún intencionalmente malévola, de ninguna manera podrá dañarlo excepto en la medida en que él, tontamente, permita sean heridos sus sentimientos, perdiendo así el control sobre sus vehículos.

Claro que no. famas el hombre bueno;
el de juicio sereno;
el recto y justo, ofensas ha de hacerme'.
Todos los otros; los que así no sean,
por mucho que lo crean,
no pueden ofenderme.
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